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SOBRE EL ÉXITO

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Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

Vivimos en una época y en un mundo donde el éxito es el régimen imperante y único. Atrás quedó ese afán de superación que hay tras el fracaso. Ya no valen esas palabras que venían a decir que cuando uno cae lo que debe de hacer es asumir la decepción y levantarse con humildad, con el afán de intentar superarse.

Es el mundo del marketing y de las apariencias el que nos lleva a poner la mejor de las sonrisas ante cualquier frustración Esas palabras tan negativas como caída, fallo, descalabro, error… han de ser borradas de nuestra mente por una falsa imagen de triunfador. Hay que aparentar ser lo que no se es ante los focos de la televisión, la prensa, las redes sociales y todo el aparato propagandístico que se pueda generar a nuestro alrededor.

Que se hacen unos trenes en Cantabria que no caben por los puentes… no pasa nada, porque, mentira, no supone incremento alguno en el gasto. Que se hace una ley del sí porque sí, que resulta que beneficia a maltratadores y violadores… no pasa nada, la soberbia está por encima de admitir cualquier tipo de tropiezo. Total, las víctimas, que queden relegadas al olvido como ha ocurrido siempre. Que la sanidad no funciona y se encuentra colapsada, eso es culpa de la propaganda electoral. Total, que más da esperar dos semanas que dos años para poder ser atendido por un especialista en la sanidad pública. A todos y cada uno de esos problemas, de esos graves errores y decepciones, hay que ponerles buena cara, la mejor sonrisa que capte el primer plano, significativa de un éxito rutilante ante los espectadores.

Imagen del despegue del Starship
Imagen del despegue del Starship

El problema es que toda esa concepción difusa de la realidad, maquillando los errores y las ineptitudes, no es algo que solamente atañe a nuestro pueblerino país. Al fin y al cabo, aquí hemos aprendido y heredado las trazas maestras de los grandes publicistas del Tío Sam, de la bandera siempre ondeante al viento de las barras y estrellas.

De pronto, veo en televisión el nuevo proyecto de un tipo, Elon Musk, que igual ejerce de gran bailarín ante las cámaras tras comprar Twitter, que pronostica la imparable subida del bitcoin, hasta que, una vez inflado el valor, decide sacar la inversión, quintuplicada, para recoger ganancias aludiendo que dicha moneda es tan mentira como las monedas fiduciarias. Que el activo que verdaderamente tiene valor es la cripto que representa un perrito Shiba Inu, con la única intención de provocar la subida de dicha desconocida moneda, tras, supuestamente, haber invertido él, previamente en ella.

Pues bien, ahora, el tipo este, el creador del coche eléctrico Tesla, que aboga por el medio ambiente, pero que no quiere oír ni hablar de dónde irán a parar esos millones de baterías de litio de los coches cuando lleguen al fin de sus días (10 años), ha decidido embarcarse en un proyecto, en una inversión, que hará que cualquier mortal pueda ir a la luna o a Marte, como quien compra un pasaje del AVE.

El tema es que, el Starship, que así se llama este grandilocuente cohete jamás construido, está más cerca de ser un tren de cercanías de esos que no caben por los puentes de Cantabria, o un raudo y veloz tren de velocidad de Extremadura que no llega a alcanzar los 80 kilómetros hora, con el riesgo de que se le incendien los bajos del convoy, probablemente por esa vertiginosa velocidad que traspasa los límites de la luz.

El apuesto bailarín ejecuta el primer lanzamiento de cohete como prueba, sin pasajeros, gracias a Dios, y es todo un éxito. El artefacto despega, vuela durante quince minutos y en pleno vuelo, con un “desensamblaje inesperado”, así es como lo ha llamado, estalla en mil pedazos. Vamos, que explosiona y se desintegra en pleno vuelo.

Elon Musk Twitter
Elon Musk Twitter

¡Eh!, pero que nadie se asuste. Que esto ha sido todo un éxito. Como cuando se inauguran las fiestas de un pueblo y se llenas de fuegos pirotécnicos los cielos, tiñendo de colores y de júbilo el firmamento de la pedanía.

La noticia enviada a las agencias de prensa se inicia con la siguiente frase: “El Starship de Elon Musk despegó con éxito”. Lo demás no importa. Solo el despegue. Que quince minutos después el barco de las estrellas reventara en pedazos es una insignificancia que no puede tapar el éxito.

Lo que importa es fotografiar el despegue, poner la cara inyectada en bótox frente a la cámara, con la mejor sonrisa e imantar de acólitos su proyección de hombre de éxito. Elon Musk es esa cara del éxito actual que no conoce ni quiere oír hablar de fracaso. Hay que maquillarlo como sea y acosta de lo que sea. Como el mejor Joe Biden, con esos andares de robot reprogramado, con la mueca de felicidad de Barbie Kent siempre dispuesta ante los focos, que mientras se coloca sus gafas de sol con movimientos descoordinados con relación a sus impulsos cerebrales, nos anuncia que volverá a presentarse a las elecciones americanas. Quizá porque no hay nadie que pueda hacer sombra a su vigorosa plenitud. Quizá porque Kamala Harris no deja de ser una mujer y además negra, en el país que, hasta 1968, no firmó la Ley de Derechos Civiles para acabar con la segregación racial.

No sé, Biden, pero… como dijo Julio Camba en Sobre casi nada: “A mí los reyes negros me inspiran una gran ternura”.

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