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ONETTI. LA NOSTALGIA DE LA REALIDAD.

Manjón Guinea
Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

Hay estados del alma que, por circunstancias inesperadas, se anidan en el interior del corazón y ya no se desprenderán nunca. Uno sentirá la necesidad de contarlo, como una catarsis, para liberarse momentáneamente de esa opresión, que es tan gozosa como dolorosa.

Puede que esa vírgula sea la que acompaña los libros de Onetti, como lienzos que son pintados con caracteres latinos, con letras que dejan su impronta, como mancha de color amarillento, en la blanca tela del cuadro que espera, impaciente, ser teñida, embadurnada de un tono de escritura tan esperanzador como melancólico.

El paraíso, esa ciudad imaginaria de Santa María, creada en sus libros, imitando la dispersión irreal del condado de Yoknapatawpha, trasladado a la ficción por Faulkner, es para Onetti el mundo propio y necesario que hubo de crear para adormecer el dolor que puede generar, en las noches de insomnio, la amargura de la nostalgia. La sensación eterna de percibir la luz plata de su ciudad natal, de la que se vio obligado a emigrar: Montevideo. De la que, aquel gobierno dictatorial, decidió acusarlo y condenarlo por traición y conspiración, desterrándolo por siempre del tango que corría en sus venas desde su nacimiento, desde el mismo momento que, en su infancia, mojaba los pies en la playa de Pocitos.

Onetti es autor de una misma historia y de una misma obsesión. Sueña con fundar una ciudad. Esa misma que le quisieron arrebatar. Se propuso deshilachar la frontera entre la realidad y la ficción, porque para él no hay tal separación. Ni entre el pasado, ni entre el presente, ni entre el futuro. Uno se ve como quiere verse. La imaginación es el elemento de búsqueda de la realidad, de nuestra subjetiva e incumplida realidad.

Onetti, como Faulkner, habita un mundo propio, en el que vive inmerso, quizá por su propia timidez, como él dijo, quizá para refugiarse del desconsuelo ocasionado por la afrenta política. Por la separación forzosa de su ciudad. En los límites de Santa María, Onetti tiene la potestad de crear el ambiente y los personajes, donde aparecerá siempre uno, que arrastre, en su deambular, la personalidad de su propio creador.

Montevideo
Foto de Eric Seddon. Montevideo

Hay quien dijo, en cierta ocasión, que el arte es una larga confesión. Cualquier obra artística está revelando partes recónditas del interior de su propio autor. En las novelas de Onetti, siempre aparece, bajo la luz tenue de un farol, un hombre sin fe, de indiferente moral. Un hombre que no muestra interés por su destino, sino que se deja arrastrar por él. Es un hombre triste, apagado, pero íntegro, que es arrastrado por una literatura pastosa, embarrada. Un torrente sanguíneo lento, lleno de glucosa y de agrandados glóbulos rojos, como si confesaran su inclinación a la izquierda, al lado débil de la sociedad. “Zurdo de nacimiento”, dirá él mismo.

Cuando he tenido la suerte de contemplar algunas de las pasadas entrevistas de Onetti, gracias a este gran invento de internet, que guarda como en un cofre pirata, documentales de enorme valor, he observado a un hombre que habla pausadamente, que reflexiona, que medita cada palabra, ayudando a su cerebro a esa pausa que incita el interés por lo que no ha terminado de decirse. Onetti se detiene, saca un cigarrillo, lo prende, le da una calada y deja salir el humo de la nicotina, como buscando un asidero en el vacío, justo antes de terminar la frase, colmada de una nostalgia prácticamente insuperable.

Onetti
Onetti

Su escritura es como su pose en las entrevistas. Reclinada. Nada es tan recto y limpio como quiere parecer. Todo está cubierto de un tono sepia, como de una ilusión perdida y condenada al doliente fracaso. Santa María, es la nostálgica ficción de su ciudad natal, Montevideo. Es la ventana abierta, de una de las casas de un barrio de Buenos Aires, desde donde el escritor se esfuerza por recomponer el puzle roto de sus recuerdos, desde la distancia.

Hay que dejar entrar el aire por esa ventana, aunque esté cargado de polución y de un ambiente denso, craso. Hay que escribir, aunque los ropajes se impregnen de esa infestación, y “escribir como quien hace el amor”. Se escribe para nada y por nada. Simplemente porque es parte del disfrute, del lento camino, sin esperar recompensa alguna.

A veces, a mí también me envuelve la nostalgia. A veces siento que me ilusionaría que Onetti siguiera vivo en la literatura actual. Me encantaría, como dijo en una ocasión José María Arguedas, poder “apretarle la mano con la que escribe”.

 

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