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JESÚS QUINTERO, LA MIRADA DEL SILENCIO

Manjón Guinea
Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

Dice Muñoz Molina que en la manera de mirar se encuentra la clave de todo. “La mirada es una vida en suspenso, una continua interrogación invisible (…) que quiere ir un poco más allá, más hondo, al otro lado, donde la luz y la oscuridad se entrelazan en sus fronteras de penumbra, donde el saber se mide por fracciones de segundo y fulgores de adivinación”.

Jesús Quintero tiene esa mirada ( y lo digo en presente) a la que alude el autor de Plenilunio. Esa capacidad para generar la sospecha ante lo que el entrevistado nos cuenta. Como si fuéramos tontos, como si nos creyéramos todo aquello que ha venido a relatar, como una gallina clueca o como un hábil encantador de serpientes. Pero ante tanta elocuencia de vendedores de crecepelo, hay un gesto que desmorona todo, como cuando se derrumba un castillo de naipes, por un simple golpe de aire. Es la mirada mantenida en el silencio de Jesús Quintero escrutando a su entrevistado. Un instante que se hace eterno y a la vez hermético. Una breve secuencia de segundos que, en el plano televisivo, se convierte en una perpetuación del recelo y la suspicacia.

La mirada mantenida en el filo de un cuchillo, en el tenso silencio que flota en el vértigo, es la proyección misma del hombre libre. Del hombre instruido, leído y cultivado que ha conocido tanto el fango como el oro, y que ni una cosa, ni otra ha hecho sucumbir a su integridad. A ser fiel única y exclusivamente a su conciencia.

mirada Jesús Quintero
mirada Jesús Quintero

Quintero deja para las hemerotecas entrevistas de enorme calado, no ya por los protagonistas, que fueron muchos y relevantes, sino por sus preguntas incisivas e irreverentes, por sus interpelaciones que adoptan el carácter de ingenuas pero que esconden tras de sí la vergüenza del desnudo. Sus cuidadas escenografías llevan implícitas el peligro de lo que no se ve, pero que se siente, que se percibe en el ambiente tenso e inteligente creado para la ocasión. No. No sirve que el entrevistado venga a contar la perorata que quiere a fin de convencer al entrevistador y a los oyentes que le escuchan ensimismados, porque tras el torrente de palabras y vocablos aprendidos, tras la plática estudiada gracias a los asesores en nómina, hay algo que se les escapa. Algo que no pueden dominar, y es el silencio.

Alguien dijo en cierta ocasión que cuando no hay nada que decir, lo mejor es no romper el silencio. No hay porque elegir entre el blanco o el negro. La vida está conformada por una enorme gama de tonalidades grises.  Y eso es lo que dominaba Jesús Quintero con gran maestría. La pauta de un silencio extendido para que cada espectador sacara sus propias conclusiones. Una pausa que da pie al misterio, a la intranquilidad y al análisis de lo que se acaba de escuchar. Es el silencioso caudal que permite generar, en la conciencia, voces secretas y destellos de recuerdos que desmontan la perorata escuchada, o que se quedan con el puro hueso de la verdad, despojado de toda grasa.

Dijo Quintero en su programa El loco de la colina que “siempre hubo analfabetos, pero la incultura y la ignorancia se vivían como vergüenza; nunca hasta ahora hubo gente que se jactara de no tener estudios o no haber leído nunca un puto libro. Los analfabetos de hoy son los peores porque en la mayoría de los casos han tenido acceso a la educación, saben leer y escribir, han tenido acceso a la tecnología, pero no ejercen; cada día son más y cada día el mercado los cuida más y piensa más en ellos”.

MASCARASQUINTERO

Aquel tipo con cierto aire de cantante del folk, de foulard enroscado al cuello, cubierto de volutas de humo como neblinas de presagios que emborronaban el enfoque, estaba adelantándonos una dura realidad. La de los periodistas convertidos en mamporreros del poder. Marionetas de la clase dominante o vociferadores de los trapos de portera. Alguno que otro, esperábamos ansiosos ese libro suyo: Mis queridos hijos de puta. Ese libro donde sacaría a la luz el bochorno y la infamia de los que se autodenominan grandes comunicadores de hoy.

Hubiera sido el primero en hacer cola para que me lo firmara, de su puño y letra. Sostenerle la mirada y el silencio como muestra de mi agradecimiento a un periodismo irrepetible. Con el deseo de poder leerlo con gusto, con el placer con el que se lee un buen libro que despierta el ingenio y la capacidad crítica que tan adormecida se encuentra en nuestros días.

Miro en mi mesilla de noche y soy consciente de que me falta ese libro que me permita dormir con la conciencia tranquila. Esos párrafos en los que no es necesario tener siempre la razón. Esas líneas que rebosan el amor del que están hechos los mejores libros. La eterna felicidad que uno encuentra al saber que ha hecho bien las cosas, sin importar el qué dirán.

Por siempre, maestro.

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