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LA GULA, EXCESOS DE NAVIDAD

Manjón Guinea
Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

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Por María Marcos
Licenciada en Derecho y Librepensadora

Sin ánimo de quererles aguar la fiesta bacanal que vivimos cada uno a su manera en Navidad, hoy quiero hablarles del siguiente pecado capital, en este caso más carnal y menos espiritual que los anteriores, que busca la simple y llana satisfacción a través del placer de comer, La Gula.

Como siempre, lo que tienen en común estos pecados, es ese vicio excesivamente deseable y comportamiento extremo que no somos capaces de controlar y que nos lleva a cometer acciones que marcan nuestra vida. Con la presencia siempre de la iglesia, acunándolos y ejerciendo de perseguidor de las debilidades humanas, influyendo y dejando constancia a través de su iconografía y simbología, añadiéndoles grandeza y misterio y por lo tanto atractivo.

El simposium, de Anton Von Werner
El simposium, de Anton Von Werner

La palabra gula, proviene del latín gula que significa garganta, gaznate, pasando más tarde a significar voracidad, apetito desmedido y deseo desordenado en el comer y el beber, incluso sin tener hambre.

Hay quienes consideran que fue iniciado por Adán y Eva que, sin necesidades, ni hambruna, tomaron la pecaminosa manzana, causando la indignación de Dios, que nos castigó a todos, por su culpa, al destierro del paraíso. Aunque su pecado, en realidad a lo que dio lugar fue a que pudiésemos desde entonces elegir entre el bien y el mal, entre gozar o sufrir y en definitiva, a salir de un jardín aburrido y monótono como el Edén.

Podemos ver como dependiendo de la época, la gula y su principal manifestación, la gordura, han ido sufriendo una metamorfosis a lo lago de los tiempos, y como no siempre, ha sido una manifestación de éxito y poderío.

En el S. VI aparece en la tan manida lista de los siete pecados capitales del Papa San Gregorio Magno. A partir de ahí, será todo un devenir a lo largo de las épocas ocupando distintos lugares.

Desde los griegos que veneraban los cuerpos delgados y los espartanos que controlaban a diario el peso de sus jóvenes para evitar cualquier obeso. El imperio Romano, con sus bellas mujeres pasando hambre para lograr un cuerpo delgado, aunque los hombres no renunciaban a disfrutar de suculentas comilonas, evitando engordar vomitando en las canaletas construidas para tal propósito.

Sin embargo, en la Edad Media la gordura fue señal inequívoca de riqueza y la delgadez de pobreza. Había dificultad real por parte de la población para acceder a los alimentos y solo algunos podían alimentarse. Se estilaban los grandes banquetes de los grandes señores como manifestación de su poder y el grosor de sus carnes demostraban su dominio. Todos tenemos la imagen de las novelas y películas basadas en el medievo, donde aparecen las escenas de caballeros comiendo varios pollos a la vez sin dejar de beber. Es el único periodo donde el gordo era valorado. La iglesia católica lo consideraba un pecado, pero venial, aunque en el siglo XIII el Papa Inocencio III lo reivindicó de nuevo como pecado capital, al verse rodeado de sacerdotes y monjes obesos iniciando la penitencia de largos ayunos para acabar con sus grasas.

Pastel de chocolate
Pastel de chocolate

El poema medieval, La Divina Comedia, de Dante Alighieri, situada entre 1304-1321, cumbre de la literatura universal, nos envuelve en un peregrinar por la colina que lleva de ascenso al Purgatorio donde irán apareciendo los pecados desde el más grave al más leve. En la sexta grada se purificará a los glotones que nunca sacian su cuerpo, contraponiéndolo con las virtudes de la templanza y la moderación.

En el renacimiento se muestra al obeso como alguien incapaz, lerdo y lento, aunque tampoco se tiene como fin buscar la delgadez. Deja de ser un símbolo de abundancia y poder y pasa a ser decadente y motivo de rechazo social.

En el siglo XIX comienza la mala costumbre que seguimos manteniendo actualmente de pesarnos. Y para conseguir la esbeltez se inventa una nueva forma de torturar a la mujer con vestidos ceñidos, rígidos corsés y fajas irreductibles, que conseguían estrechar varias tallas sus figuras.

Ya en nuestro siglo, de todos es sabido que se sigue llevando lo esbelto, vinculado sobre todo a la salud. El cuidado del cuerpo y la relación de este exceso con enfermedades cardiovasculares, diabetes, hipertensión, etc. Se lleva lo healthy, quemar calorías en el gimnasio, definir nuestra musculatura y exponer nuestros radiantes y saludables aspectos por internet o aquellos que desearíamos tener. Demasiada perfección, que nos lleva en muchos casos a una delgadez extrema, enfermiza, autodestructiva. Una gula invertida y transformada en anorexia y bulimia.

Hoy en día vivimos muchas situaciones que se asemejan a la gula y el descontrol y deseo por satisfacernos. No solo referido a la comida, sino el consumo en general. El comprar por comprar, todo lo que tenemos a nuestro alcance, al menos a la vista, no tanto al bolsillo, que es imposible frenar el deseo de consumir y caer en esta forma de tentación cuasi pecadora. Quién no va a hacer lo indecible para llenar el árbol de regalos y que no falte nada en la lista de los Reyes. Que decepcionante podría ser para los pequeños, que no tuviesen el 100% de los regalos. ¿Qué haremos el día que nos pidan un Ferrari y no precisamente el de juguete? ¿Qué haremos con su insatisfacción, el día que no podamos cumplir la extensa lista de deseos?

Otra variedad del pecado del exceso, la vivimos en forma de números y finanzas, la que nos llega de los grandes bancos y entidades y su deseo por aumentar los beneficios y dividendos. Mientras ellos engordan, otros adelgazamos. Mientras ellos se inflan, otros padecemos desnutrición. Mientras buscan saciarse, otros dedicamos grandes esfuerzos para alimentar la maquinaria social, de impuestos, recaudaciones, inflaciones y demás peajes que pagar para seguir a flote.

Aprovechando la Navidad quiero recomendarles que se dejen algo de tiempo para disfrutar de todas aquellas películas que nos recuerdan que el espíritu debería ser no tanto el de ir de compras y comidas, sino el de compartir, ayudar y ser generosos realmente con los demás. No puedo dejar de mencionar Qué bello es vivir, de Frank Capra (1946), la película que tantas navidades me ha hecho revivir esa magia, que contagia de generosidad y altruismo, a pesar de que muchos y más entendidos que yo, la puedan considerar algo empalagosa, pero que recomiendo para cualquiera que tenga ganas de sentir la verdadera magia de estas fechas y el deseo de dar, en lugar de recibir.

Mi deseo como diría @arnaugriso: “Quiero, quiero, quiero, compartir todo lo bueno y aprender a vivir lento. Quiero poner a dieta el ego y aprender a vivir más con menos”

 

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