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LA GRAN EUROPA

Manjón Guinea
Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

La idea de una gran Europa unida y fuerte siempre ha estado en la mente de los grandes hombres de estado.

Haciendo un poco de historia al uso, en los reducidos caracteres que permite la ciencia periodística del artículo, podemos remontarnos a Julio César y su imperio romano. Sus laureadas conquistas militares para aglutinar su mandato por las tierras de las Galias, Francia, Bélgica, Países Bajos, parte de Alemania, incluso Britania y Germania. Cayo Julio César, político y aguerrido militar, de familia patricia, que, aupado por sus éxitos y victorias concibió la idea de una Europa unida dominada bajo el yugo o mandato romano.

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Ni que decir tiene que, ese poder absoluto quedó aniquilado bajo el nombre de la libertad de la República y de los cortes de veintitrés puñaladas, de sesenta furibundos y codiciosos senadores entre los que se encontraba Marco Junio Bruto.

Pasados los años y los siglos, surgió de entre las ruinas de la Bastilla y el sangriento terror de Robespierre, un individuo de pequeña estatura. General republicano y estratega militar que en un principio pacificó las revueltas aguas de la revolución francesa, tras serle cortada la cabeza en la guillotina a media Francia. Napoleón Bonaparte, que así se llamaba el ínclito personaje, decidió dar rienda suelta a sus delirios de grandeza un 18 de brumario, según el calendario revolucionario. Tras pasar de cónsul a emperador vitalicio emprendió sus guerras napoleónicas, que le llevaron a hacerse con una enorme parte de esa gran Europa. Ese afán expansivo le llevó a meterse en tierras invernales, circunstancia esta que fue el inicio de su decadencia, hasta el punto de terminar solo, encarcelado y desterrado en la isla de Santa Elena, y posiblemente envenenado.

Un poco más reciente en nuestra historia, visualizamos la imagen de un loco, de discursos enajenados y figura clave de la perpetración del Holocausto. Un individuo que, amparado en la humillación que los alemanes habían sufrido tras la derrota de la Primera Guerra Mundial, llegó al poder gracias a discursos nacional socialistas enardecidos y propaganda nazi y fascista cargada de simbolismo. No le fue suficiente con recuperar la dignidad perdida del pueblo alemán, sino que pretendió esclavizar gran parte de los países europeos bajo el dominio de una raza aria que consideraba superior a las demás. Y todo eso sin tener en cuenta el exterminio de aquellos que consideraba indignos de vivir, como los judíos, explotados como mano de obra gratuita hasta la extenuación, o lo que él mismo decidió en llamar la Solución Final.

Tampoco creo que sea necesario incidir en como terminó este tipo o energúmeno que creyó ser tan idolatrado como los decibelios de sus aullidos frente al atril en pleno baño de masas y discursos de feria. El 30 de abril de 1945, tras ser rodeada Berlín por el ejército Rojo, Hitler se suicidó junto a su pareja Eva Braun. Sus cadáveres fueron quemados y utilizados por la propaganda comunista de Stalin.

Con este pequeño repaso histórico he querido dar a entender que difícilmente se puede crear un gran imperio, o una gran Europa bajo la imposición y la dictadura. Considerando a unos hombres esclavos al servicio de otros.

Tal y como dijo Stefan Zweig en esa idea utópica de una Europa unida, pacífica y sin fronteras nacionales, “todo es posible cuando la humanidad crea comunidad, pero nunca cuando está fragmentada por lenguajes y por naciones que no se entienden entre sí y que no quieren entenderse”.

Foto euros. Willfried
Foto euros. Willfried

Goethe decía que envidiaba a los americanos porque los europeos hemos caminado siempre sobre los huesos de nuestros antepasados. Nos hemos matado unos a otros metidos en mil contiendas y mil guerras, autodestruyéndonos continuadamente. Los americanos, tras su guerra civil o Guerra de Secesión decidieron, inteligentemente, que sus masacres se desarrollarían en países externos a sus fronteras… Europa, Latinoamérica, Asía, África… pero no en su territorio interior. Al fin y al cabo, es una manera inteligente de convertirse en el promotor de la construcción tras la destrucción y en facilitar préstamos que hipotequen a las demás naciones frente a sus intereses.

Ahora, cuando por fin en Europa, gracias a personajes como Altiero Spinelli o  Robert Schuman, hemos comprendido que la grandeza de una sociedad radica en el libre comercio, en la libertad de sus ciudadanos para llegar a acuerdos beneficiosos, como en un principio fueran los del acero y el carbón, resulta que nos vuelve a asolar la duda.

Desde los tratados de Maastricht, firmados en 1992, se ha ido generando con enorme esfuerzo la idea de una Europa unida y fuerte. La única forma de poder mantener el pulso con las grandes potencias como Estados Unidos, Rusia o China.

Año tras año se ha ido consolidando la fortaleza que da un Consejo de la Unión Europea o un Parlamento que busca el beneficio conjunto. Se ha ido generando la idea de que, si algo en el interior de nuestras fronteras era injusto, ya vendría la Unión Europea para enmendarlo. Se han superado crisis que parecían insalvables como el Brexit o el auge de la extrema derecha con Marie Le Pen o Giorgia Meloni al mando. Se han minimizado los efectos de la avaricia propia del nacionalismo excluyente, que, como parásitos viven y se alimentan gracias a esas naciones a las que critican con el único fin de cebarse con sus nutrientes. Todos y cada uno de esos escollos se han sorteado con éxito evitando caer de nuevo en la destrucción propia.

Pero ahora, hay un virus tremendamente séptico que se ha infiltrado en el torrente sanguíneo de las principales arterias de la Unión Europea. Un virus, al que se creía que los grandes parlamentarios europeos eran inmunes, y que sin embargo ha ulcerado parte del corazón mismo del Consejo Europeo.

Al parecer, la primera célula infecciosa que se ha detectado tiene nombre de mujer, Eva Kaili. No tiene forma de esporas ni de tentáculos agresivos, sino que mas bien parece una modelo a la que le gusta airear su larga melena rubia y lucir su cuerpo en Instagram. Pero no todo queda ahí. Esa primera célula detectada por el fajo de billetes en efectivo procedente de los supuestos sobornos de Catar, está encadenada a otra célula corrupta llamada Francesco Giorgi. Italiano, casualmente marido y también con la aparente imagen de modelo masculino, de trabajadas abdominales, ojos azules y pelo de tintes rubios típicos de patrón de yate.

Un feliz, adinerado y exitoso matrimonio que se han convertido en representantes de esa Gran Europa tan anhelada por los ciudadanos de a pie, y por novelistas como el austriaco Stefan Zweig.

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El problema es que la investigada corrupción parece que no se ha quedado en esos dos modelitos de la european beautiful people, sino que el virus parece haberse extendido como la pólvora gracias a un ex eurodiputado llamado Pier Antonio Panzeri.

Quién sabe si gracias a ellos, a esta panda de vividores impresentables, Europa seguirá la misma suerte que con Julio César, con Napoleón o con Hitler, por considerar a los ciudadanos europeos sus esclavos de turno. Sus lacayos que soportan sus gastos con sus impuestos y su esfuerzo laboral, para que además tengan el valor de dejarse sobornar para favorecer intereses a todas luces contrarios a la Unión Europea. A esa gran y anhelada Europa. A ese, tan acertadamente, llamado viejo continente.

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