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BAROJA, AL OLOR DEL BISTURÍ

Manjón Guinea
Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

Baroja. 150 años.

Ha llegado justo en el instante en que varios mozos descargan la materia prima que servirá para sus propias prácticas de estudiante de medicina. Quisiera haberlo evitado, aunque tampoco es una casualidad, pues en más de una ocasión ha coincidido el horario de entrada a clase con ese momento de desagradable dentera.

Mientras sube los peldaños de San Carlos observa como entre varios mozos los cadáveres son aupados de brazos y pies, y tras un leve impulso son arrojados con el mayor desdén del carro al suelo. Unos han muerto de enfermedades contagiosas como tuberculosis y tienen el cuello comido por pústulas y eccemas cutáneos, otros muestran la costra infecta de heridas mal curadas, y los últimos, de apariencia externa perfecta, han reventado por dentro, pero lo que ninguno puede esconder es esa palidez amarillenta típica del hambre, esa esquelética anemia crónica, espejo indudable de los malos tiempos, de la decadencia.

Baroja. Estatua Cuesta de Moyano.
Baroja. Estatua Cuesta de Moyano.

Pocos minutos después, este joven estudiante irá, junto con sus ansiosos compañeros de clase, a la sala de disección, para hundir el escalpelo, sin ningún remordimiento de crueldad, en los cadáveres recién descargados. Contempla desde una posición escéptica, originada por el asombro y la perplejidad, la jácara infundida en los demás estudiantes, encontrándose frente a la muerte sin respeto ni temor, frente a la frialdad glacial del rigor mortis.

Van a destripar en pedazos aquellos cuerpos y, sin embargo, la escena se ha convertido en algo grotesco donde las bromas macabras surgen con el mismo desinterés con el que se abre un tórax o se descuartiza un miembro, tras haberse equivocado de lugar en la primera incisión. Sobre las estanterías de la sala posan unos tubos cilíndricos que guardan celosamente en formol el hígado sobrante de algún condenado, el trozo de masa encefálica de quien no dio para más, o el ojo opaco del último ciego caído en desdicha. Un aire enrarecido, un olor fétido como de principio de descomposición queda en el ambiente. Por momentos la respiración se hace más densa y pútrida, al secarse los trozos de carne que se adhieren a la blusa de los estudiantes.

Una respiración tan incruenta y sucia como las líneas que más tarde, escritas al amanecer, reflejarán la grisácea realidad de un mundo malsano y sombrío. Porque Pío Baroja, que así se llama aquel mal estudiante de medicina, filtrará su visión del mundo, tan penetrante como el bisturí y cuya destreza le enseñaron a dominar, con una sinceridad sin piel ni adimentos, dejando al descubierto la pulpa irritada de la realidad. Se levantará a las seis de la mañana, al sonar el ángelus, y bajo un cielo aún de plomo, junto al calor del brasero de la calle Atocha, ingerirá la soledad del hombre en Ibsen, lo macabro de Baudelaire, y el dolor y la tragedia de Dostoiewski, sin reparo alguno a la hora de saltarse las disertaciones que le aburrieran.

Baroja leerá mucho y durante largo tiempo. Pero lo hará sin método alguno, saltándose párrafos o páginas enteras. Se educará al cobijo de una tendencia folletinista y absorberá de Javier de Montepín el reflejo maestro sobre los robos, asesinatos y estafas publicadas en el periódico. Siente, así, una necesidad imperiosa de narrar, de despertar la mirada y la agudeza del oído para contar, sin solemnidad ni lirismos, la injusticia de la vida y la monotonía.

Su literatura estará abierta a un flujo continuo, a un desfilar de personajes que rompen cualquier estructura, pues la primera curva los ha llevado al desasosiego de un impredecible devenir, tan desolado y triste, tan perdido, como la España del 98. Un final de siglo abrumado por la oscuridad de la desesperanza, de un progreso inexistente, donde el único avance producido eran las casas de juego y las chirlatas. Madrid se llenó de garitos miserables en cada esquina, en cada sótano, y por sus calles estrechas y peligrosas se escurrían individuos de mala traza y navaja en mano. Desclasados que caminan por el mundo sin ningún destino, mas que hurgar en la basura y perderse en el tedio nocturno de los bajos fondos.

PÍO BAROJA
PÍO BAROJA

El sarcasmo breñoso de Baroja difuminará esa aguda tristeza del hombre sin ilusión ni pretensiones, pero en nuestro paladar saborearemos la descompuesta y dulce hediondez de una fría desolación, como la de aquellos cadáveres abandonados a su suerte en la sala de disección.

Texto extraído del ensayo literario DE LA LITERATURA Y LAS PEQUEÑAS COSAS.

 

 

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