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LA GRANDEZA DEL PERIODISMO

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Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

Recuerdo cuando comencé a estudiar periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Allá por el ecuador de los años 80. En pleno auge de la democracia española y de la movida madrileña. La primera vez que accedí a esa Facultad de Periodismo observé que, aunque fuera un bulo, tenía pinta de haber sido construida para ser una cárcel de mujeres. En la fachada de sus enormes bloques de hormigón una pintada decía con sorna y maledicencia “si no hay noticia se inventa”. Fue entonces, al leer esa pintada, hiriente y dañina, cuando supe de la importancia y la grandeza del periodismo. ¿Quién podría haber pintado semejante sandez? Severo insulto a la integridad y la ética periodística. Esa pintada significaba precisamente todo lo contrario a lo que debe ser y significar el periodismo.

El periodismo debe ser sinónimo de libertad de expresión, pero siempre desde una concepción ética cuyo fin principal sea denunciar los abusos de los poderosos frente a los más débiles. Fue Gabriel García Márquez quien definió “el periodismo como el mejor oficio del mundo”, y fue él quien añadió que “en la carrera en la que andan los periodistas debe haber un minuto de silencio para reflexionar de la enorme responsabilidad que tienen”.

Mirada indigente
Mirada indigente

Los años de universidad, que siempre vienen colmados de ilusiones y rebeldías esperanzadoras, me sirvieron para conocer egregios periodistas que infundieron con su forma de trabajar esa grandeza del periodismo. Personas como la activista italiana Oriana Fallaci, practicando duras entrevistas con el poder, de preguntas llenas de aristas e incómodas ante el poderoso; Günter Wallraff el aguerrido escritor alemán, que tomó la identidad de un turco para durante dos años sufrir la explotación, la marginación y el odio que transcribiría en su libro Cabeza de Turco; Rodolfo Walsh, que terminó siendo acribillado por los secuaces del régimen dictatorial imperante en Argentina por haberse atrevido a escribir esas cartas polémicas en la clandestinidad; o los mismísimos John Dos Passos o Ernest Heminwgay ejerciendo de transmisores de la lucha republicana desde el corazón mismo de la contienda.

Sin embargo, todo aquel ideal periodístico de décadas atrás se me ha fundido a negro. Ese noble oficio que en varias ocasiones fue llevado a la gran pantalla como modelo de ética e integridad, la imagen del tipo fiel a la verdad, autocrítico y sobre todo independiente, parece que hoy en día se ha convertido en una figurita con pies de barro. El periodista, hoy, se ha evangelizado. Se ha transformado en un modelo de porcelana que sirve como altavoz para proclamas, para informaciones sesgadas y mal documentadas de manera interesada. El periodista de tendencia se ha convertido en un miserable propagandista político.

Salen en la pantalla como comediantes que bracean en el basurero de un estudio de televisión y que se deben, no ya a su propia conciencia, sino al interés político y económico de quienes sostienen las proclamas de adoctrinadas políticas.

El periodista se ha convertido en un agradecido, en un tipo que piensa únicamente en tener el culo caliente y en ver, cada mes, más engrosada su nómina gracias a esas gilipolleces dirigidas e interesadas que deja salir por su boca, previa aprobación del que manda.

Llega, se coloca frente al micrófono o la pantalla de la cadena televisiva de turno y se inviste con el traje de valedor de la libertad de expresión. Se le llena la boca de palabras fidelizadas y hasta si fuera preciso se rasga las vestiduras como un telepredicador. Pretende dar la imagen de un irreverente que busca romper las cadenas de las normas impuestas cuando no se da cuenta, o no quiere darse cuenta, que son esas mismas cadenas las que le tienen apresados sus débiles tobillos. Se mira al espejo, antes de cada narcisista actuación, y se ve como un Oscar Wilde antes de ser llevado preso a la cárcel de Reading;  como un Émile Zola defendiendo al vapuleado Alfred Dreyfus, aún a costa de ser condenado al exilio; o como una Emilia Pardo Bazán, bregando por el feminismo en un mundo de inexpugnable de hombres.

FOTO NEVZAT OZTURK. PERIÓDICO ARDIENDO
FOTO NEVZAT OZTURK. PERIÓDICO ARDIENDO

Pero a nuestros periodistas de postín la única cárcel, el único exilio que les espera es el de la palmadita en la espalda del asesor de asesores a la salida del estudio televisivo, agradeciendo sus palabras donde defiende con orejeras de burro la tendencia política escogida, con el consecuente beneplácito, claro está, de recaudar la correspondiente forma de recompensa.

Ese tipo de periodista tiene claro que no se debe arriesgar a perder su cómodo sillón. Es la marioneta cuyos hilos mueve la hipocresía de las élites políticas, económicas y, como no, culturales de nuestros días.

Ahora, el periodista de tendencia no es el que, a riesgo de su propia vida, cuenta la verdad del abuso por encima de todo. Ahora son tertulianos que opinan sobre lo que se precie en las cadenas de televisión vasallas del noble señor. Tienen el don implícito de poner a parir a quien se quiera, sin miramiento alguno, sin mesura y, lo que es peor, sin imparcialidad.

Puede que sea por culpa de este capitalismo salvaje del siglo XXI, que no tiene opositor alguno después de que se viera que el comunismo abanderado por Lenin y ejecutado vilmente por Stalin no fuera más que otro sistema feudal.

Vivimos tiempos donde todos se han subido al carro de vender su plática y sus miserias al mejor postor. Aristócratas, burgueses, fachas, comunistas, progres, conservadores, liberales… todos caben en el mismo saco porque todo se ha convertido en blanco o negro. O estás conmigo o contra mí. No hay tonalidades grises para la capacidad crítica y rebelde de la conciencia individual. No existen conciencias libres porque la única bandera que ondea es la del dólar. Ni tan siquiera la de ese paupérrimo euro que comienza a resquebrajarse con casos de corrupción, ¿cómo no?

Pero no seamos agoreros. Menos mal que, de vez en cuando, sale de la oscuridad y la pestilencia algún rayo de luz como ese pobre condenado de Julian Assange, como los sinceros y ásperos reportajes de Jon Sistiaga, como la de esa periodista afgana, Khadija Amin con precio a su cabeza por los talibanes, o como la de la periodista ucraniana, Vira Hyrych, que terminó sepultada bajo los escombros ocasionados por un misil ruso mientras nos informaba de la devastación llevada a cabo por un loco, Vladimir Putin. Un mandatario con nombre de vampiro que pasará a la historia como un enajenado del poder y de la ambición.

Siempre, o al menos eso espero, quedarán personas que sostengan la grandeza del periodismo, aún a pesar de ese fariseísmo y mojigatería que nos invade. Aún a pesar de que se pretenda silenciar el buen hacer a toda costa.

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