IMAGINA ESPAÑA

Manjón Guinea
Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

Imagina España, año 2050.

Es como un pleno al futuro. Nos hemos convertido en cineastas, o mejor dicho en literatos con ínfulas iluminadas de utopía, que deciden enfocar un plano largo hacia el más allá. Puede que esa sea la mejor manera de que la vista se nos nuble y no nos permita ver el más acá.

Hay que elaborar una percepción mítica e idealista teniendo el objetivo puesto en como desearíamos que fuera una España en el 2050. Es como esas películas de ciencia ficción donde todos los ciudadanos visten un mismo traje ajustado, de blanco inmaculado. De pasillos limpios e impolutos como arterias sin suciedad, sin colesterol alguno, por donde pasean felices sus personajes de mueca medio forzada o medio irreal, ante la cámara, que lo único que pretende, es sacar en primer plano el rostro de esa felicidad sintética.

FOTO DE JANRUNE SMENES, PETROLIFERA
FOTO DE JANRUNE SMENES, PETROLIFERA

Ciudadanos elegidos que pasean por una pasarela de futuro establecido sobre puentes de sostenibilidad y etiquetas ECO y verde, como el color al que ahora se han apuntado las grandes eléctricas. Esas mismas que, bajo su simbología esmeralda y de hojas henchidas de clorofila, siguen duplicando sus beneficios, como personajes vampíricos, sin cara, que chupan cada uno de los ahorros del jodido hombre de a pie. Del miserable trabajador que difícilmente llega a fin de mes. Pero no seamos zafios. Eso es lo que menos importa en nuestro encuadre del porvenir.

Resulta que, gracias a una de esas proyecciones de cultura que suele realizar el Instituto Cervantes, me entero de que existe un organismo llamado Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia. La confusión del lenguaje me lleva a imaginar, en mi rocambolesca mente, algo así como una plataforma petrolífera de sondeo y perforación en mitad del mar, frente a las costas gallegas, entre Corcubión y Finisterre por decir un lugar al azar. O mejor aún, para que los nacionalistas gallegos no se me enfaden por mi perversa imaginación, una línea de perforadoras en mitad de los áridos campos de Castilla, donde por casualidad se hubiera descubierto un yacimiento petrolífero, desconocido en su momento por Azorín, y se estuviera extrayendo, de los intestinos de esa tierra de polvo y arena, el llamado, en un pasado no muy lejano, oro líquido, al estilo de la película Gigante, dirigida por George Stevens y protagonizada por James Dean.

Pues no. Nada más lejos de la realidad. La Oficina de Prospectiva y Estrategia viene a ser algo así como otro chiringo al que le gusta tontear con la ciencia ficción y con la utopía. Pero ojo. No nos equivoquemos. No es esa utopía de Saint Simon y de Robert Owen cuya principal intención era el interés imperioso por transformar la precaria situación del proletariado de ese momento. Del momento actual vivido a principios del siglo XIX.

IMAGINAR UN PAIS
IMAGINAR UN PAIS

La utopía que nos vende la recién revelada Oficina de Prospectiva es más chic. No va con ella eso de bajarse al barro de la sociedad, de mancharse la suela y el ribete de los zapatos. Por Dios. La utopía o el deseo de un mundo mejor que, la Oficina de Prospectiva ha encargado diseñar a los escritores de turno, es bajo un velo de un futuro más ecológicamente conmovedor. Puede que, sin darse cuenta de ello, lo que pretenda es tapar los indicadores del presente, que por otro lado no tiene nada de utópico.

Es como en los cuentos de primaria de la época franquista. Donde aparecía ese burro al que se le coloca una zanahoria delante para que siga tirando del carro con tal de alcanzar una hortaliza, a todas luces imposible de alcanzar, simple y llanamente por una cuestión de distancia, física y social. Como la distancia que existe entre nuestros dirigentes políticos y el ciudadano de a pie. El puto y jodido obrero que se encargó de retratar Marx en sus escritos, que, paradójicamente no leyó ninguno de los integrantes de esa masa proletaria a la que iban destinados.

Me falla la memoria, pero creo que fue George Orwell, el autor de 1984, quién dijo que solo se puede vivir el presente. El pasado no existe, precisamente por eso, porque es pasado; y el futuro tampoco existe, porque no es cierto, es algo que no se ha cumplido y no se sabe si nunca se cumplirá. Ni el más ignorante de los videntes es capaz de imaginar. Lo único que existe, señores de la pedante Oficina de Prospección, es el presente. Lo que vivimos, lo que sentimos, lo tangible en cada uno de nuestros movimientos y de nuestros pasos.

Lo único que verdaderamente me preocupa es el presente. Me trae sin cuidado el pasado, que según de que lado caiga lo escriben unos u otros vencedores, como me trae sin cuidado el futuro de personalidades que siempre han llevado los botines relucientes.

Lo que si me preocupa son los datos vergonzosos del informe de junio de 2022 de la Secretaría de Estado de Empleo y Economía Social, donde la tasa de paro entre los jóvenes de 16 a 24 años se encuentra en un 30,7%, y sin estrategia alguna para intentar reconducir esta disfunción. Si así se pudiera llamar.

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