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EL CAPRICHOSO DESTINO DE KIRCHNER

Manjón Guinea
Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

Caprichoso es el destino. A veces, como en un pasatiempo confuso, se dan todas las circunstancias necesarias para que lo que parece un día anodino y normal, termine desembocando en una tormenta, en una catástrofe.

Pero hay otros días, que, tras comenzar por un baño de masas, por una multitud que arropa a quien va a ser juzgada por los tribunales enfrentándose a 12 años de cárcel y que la consideran como una mártir de la justicia, de repente, el destino decide que debe verse sola, en mitad de todo ese gentío de acérrimos seguidores políticos, que se han convertido en meros observadores.

De pronto, un individuo se cuela en mitad de esa masa ingente, y sin que nadie sepa cómo, ha llegado a situarse frente a la protagonista del evento: Cristina Fernández de Kirchner, ex presidenta de Argentina, que sale del Senado para llegar a su lujosa casa en el barrio porteño de Recoleta.

Quizá si Kirchner hubiera salido por otro lugar del Senado, para evitar ese baño de masas, de seguidores incondicionales; si su camarilla de seguridad hubiera cerrado el círculo con respecto a su persona; si la policía hubiera disuelto a todos esos congregados antes de salir frente a ellos; o si la propia ex presidenta de Argentina no hubiera decidido convertirse en víctima de su propia política, incitando en las redes a la opinión pública con mensajes como: “Estoy ante un pelotón de fusilamiento judicial”, para provocar la agitación frente a la justicia… quizá, si todo eso no hubiera ocurrido, un individuo, Fernando André Sabag, no hubiera tenido nunca la oportunidad de colocarse frente a Kirchner y apuntar con una pistola cargada a su rostro con la intención, según dicen, de volarla la cabeza.

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Todo coincidió, como un mal fario, todos aquellos factores y circunstancias confluyeron en un mismo momento del tiempo y del espacio para que, irremisiblemente, un individuo llegara a estar frente a la expresidenta, a escasos metros, para accionar el mecanismo del gatillo de una pistola semiautomática Bersa 380.

Pero el destino, aún no había dicho su última palabra. Cuando ya el relato parecía abocado a un terrible magnicidio, el azar, tan caprichoso como inesperado, decidió, en el último momento, que esa pistola, que contaba con cinco balas en su interior se quedara encasquillada. El mismo movimiento mediante el cual una bola de ruleta que parece que va a caer en el rojo, y termina cayendo al negro. El mismo equilibrismo que, con genial maestría, describió Woody Allen en su película Match point, donde una bola de tenis, por unos leves segundos, mantiene la simetría de su peso sobre el filo de la red, hasta que por fin decide caer de uno u otro lado porque el destino, por fin tomó una decisión.

Sin embargo, en Argentina ha surgido la duda de si hasta el propio destino no ha sido corrompido por las cloacas de la política. Los ciudadanos, que son tomados por ignorantes, por populacho manipulable al antojo de los políticos, se preguntan ahora: ¿Por qué ese tipo, Fernando André Sabag, tiró el arma al suelo, para dejarse reducir por un manifestante, cuando vio que, su supuesto cometido, fue un fracaso? ¿Por qué ese tipo no intentó defenderse con la misma pistola en lugar de tirarla al suelo? ¿Por qué el teléfono de ese individuo, ya detenido, se encontraba formateado de fábrica? Un teléfono que no ha permitido seguir conversaciones, llamadas o pista alguna sobre las conexiones de dicho individuo. ¿Por qué esa pistola, semiautomática Bersa 380, que tenía restos de pólvora, no tenía, por el contrario, huellas del agresor?

En Argentina, ya nadie confía, ni tan siquiera en el destino, pues incluso hasta en ese vericueto de divinidad se ha instilado la corrupción, la mentira y el engaño. Nadie piensa que todas estas incógnitas puedan resolverse nunca, porque nadie cree ya en la Justicia. En el subconsciente de cada uno de sus lugareños permanece la impronta de esa frase de Borges que decía: «En Argentina no nos une la alegría, sino el espanto».

Y si no, que se lo pregunten al que fuera fiscal Alberto Nisman, encontrado muerto con un disparo en la cabeza, tras imputar a Carlos Menem y a Cristina Fernández de Kirchner, en el atentado de la AMIA.

Al parecer, en este caso, en el del fiscal Alberto Nisman, el destino tenía bien claro que no podía permitirse el lujo de que la pistola se encasquillase.

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