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ORGULLO GAY

Manjón Guinea
Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

El Orgullo Gay es el grito tantos años silenciado que ahora, por fin, podemos escuchar libre y ociosamente cada año en la plaza de Chueca.

Por Manjón Guinea

Fuerzo la memoria, como ese ejercicio que es pieza ineludible para vencer el pánico del papel en blanco, o en mi caso, la pantalla luminiscente del ordenador. A ella acude el recuerdo de mi infancia, junto a la panda de amigos de entre cinco y siete años, en un barrio pobre de Madrid.

Un barrio de gente que se comenzó a poblar, tras la victoria de los sublevados, por esa migración del éxodo rural, en busca de un mejor futuro, hacia las ciudades. Un barrio en donde imperaba la ley del más bruto y donde no se conocía el bullying, que ahora por fortuna, tanto nos alerta. No es que no se conociera, sino que tristemente se padecía y se aceptaba.

Recuerdo que aún a pesar de haber muerto el dictador Francisco Franco y estar patente el bullicio efervescente de una futura y venidera democracia, seguía instilado en las mentes y en las costumbres los principios del Nacionalcatolicismo.

Sin embargo, había un joven, un muchacho de unos diecisiete o dieciocho años, que solía salir de su casa en las tardes y volver por las noches. Probablemente a disfrutar y a divertirse. Era atractivo, elegante en el vestir y en el andar, sofisticado, culto, educado, que gustaba de ir bronceado y con colores llamativos en sus ropajes, pero perfectamente conjuntados. A mi me gustaba ver salir a ese muchacho irradiando alegría, aunque no cruzara palabra con nadie en un barrio que supongo, consideraba sórdido, por las miradas recelosas y en algunos casos insultantes.

Ese es maricón, solían decir los más mayores de mi pandilla. Como si fuera una enfermedad contagiosa o como si tuvieran que alardear de haber criticado su condición sexual.

En una ocasión, le vi salir de su casa, pero esta vez con la cara amoratada. Le habrán dado una paliza por maricón, comentaba alguno del grupo de mi pandilla. Como si hubiera sido un castigo merecido. Más tarde me enteré, en ese barrio de señalamientos justicieros y de crucifijos que aún presidían las cabeceras de las camas de matrimonio, que quién le había dado la paliza era su propio hermano, por haberse atrevido a “salir del armario”, y decir abiertamente su, hasta ahora, supuestamente condición sexual.

Foto Orgullo Gay

Ahora casi cincuenta años después miro hacia el pasado y me doy cuenta de cómo ha cambiado todo. Y me alegro enormemente, aunque siento un pequeño sentimiento de culpa de no haber levantado mi voz en favor de aquel muchacho y de su libertad como persona, ante tanta ciénaga opresiva. Pero, es lo que tiene la infancia. Que uno, aún no ha forjado su criterio y su propia conciencia.

Resulta que ahora tengo entre mis manos un excelente libro, Diarios (1956-1985), de Jaime Gil de Biedma, y me llama gratamente la atención lo que en dichos escritos se atrevió a reflejar sobre su sexualidad, aunque solo la muerte, su muerte, lo haría legible a los demás.

Observo sus continuas referencias al alcohol como un escudo protector de esa sexualidad amordazada. Leo en sus primeras páginas, Las islas de Circe, su búsqueda de un amor apasionado, aun pagando por un momento de ternura a un chulo que tuviera bien acostarse con él por dinero. Un itinerario a oscuras y en la clandestinidad frente a la hiriente censura del régimen. Esas rondas nocturnas siempre al acecho de quien acierta a pasar y a mirarle, o se sienta en la barra de un bar junto a él, con un solo fin: redoblar la excitación y hacer correr su dinero. Como el mismo dice, no hay más que dos escapes en ese circulo de la obsesión erótica: enamorarse o marcharse, y ninguno de los dos era practicable en ese momento. Porque enamorarse significa ser libre y no importar lo que los demás vean, digan o hagan. Y marcharse es condenarse a la soledad. Terminar estrangulando una pasión que a cualquiera de nosotros nos invade y nos hace conocer lo más cercano a la felicidad.

Hablo de esos momentos en sus Diarios, en los que se vio obligado a emigrar a Filipinas por su condición homosexual ya desvelada, y trabajar en la Compañía de Tabacos. En cada una de sus líneas puedo percibir esa cadencia que deja la educación y la cultura en las letras, el pertenecer a una buena y pudiente familia burguesa. Pero, lo que más me llega y se mezcla con los recuerdos vividos es el sufrimiento en silencio al no poder levantar la voz airada de su sexualidad. El refugio en la noche y en el alcohol para poder compartir sus pasiones, aunque sea a costa de un chulo dispuesto a pasar por un rápido intercambio de bienes y servicios.

Jaime Gil de Biedma

Veo en él, en Jaime Gil de Biedma, de manera refinada y culta, al igual que veo en Reinaldo Arenas, en su libro Antes que anochezca, de manera más abrupta y sediciosa, la imperante necesidad de hacerse querer. Aun a costa y riesgo de su propia vida. Percibo que su sexualidad y su dignidad como persona vale tanto como la de cualquier otra. Ambos, Gil de Biedma y Arenas, han dejado para nuestro recuerdo y vergüenza de algunos, grandes obras de un silenciado grito que ahora, por fin, podemos escuchar libre y ociosamente cada año, en la plaza de Chueca, gracias a la conmemoración del Orgullo Gay. Como una festiva victoria de tantos años de ocultamiento y represalias.

Tanto Jaime Gil de Biedma como Arenas murieron de Sida, esa maldita enfermedad que se identificó como un castigo de Dios a los irreverentes y los promiscuos. Aquel joven muchacho que yo veía pasar elegantemente vestido y bronceado, sorteando los insultos de los más cerriles de mi pandilla, también murió de Sida. Seguramente, en su cajón guardaría un diario de llantos en silencio, de agónicas peticiones de ayuda, de escapadas nocturnas para satisfacer sus más puros deseos.

Un diario, que estoy seguro terminaría siendo quemado por su propio hermano, aquel que amorataba su cara a golpes creyendo así sacarle la “enfermedad de la homosexualidad” del interior de su refinado y atractivo cuerpo.

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