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DEL CERO AL INFINITO.

Manjón Guinea
Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

Una radiografía del escritor húngaro Arthur Koestler, rabiosamente actual gracias a Putin.

Por Manjón Guinea

Koestler nació en Budapest, en 1905. Su padre era húngaro y su madre vienesa. Se educó en Viena y después de terminar sus estudios llevó, por espacio de dos años, una existencia de aventuras en el Medio Oriente que recorrió prácticamente a pie. Desempeñó múltiples oficios: fue vendedor de limones en Haifa, agricultor en Palestina, ayudante de un arquitecto árabe y director de un semanario en El Cairo.

Arthur Koestler
Estatua de Arthur Koestler

Entre los años 1927 y 1930, Koestler actuó como corresponsal de la cadena de periódicos Ullstein, entre ellos el “Vossische Zeitung”, en París y en Londres. Militante activo desde hacía algún tiempo del Partido Comunista fue invitado, hacia fines de 1930, a visitar la Unión Soviética. Al estallar la guerra civil española, fue enviado a la península ibérica como corresponsal del “New Chronicle” de Londres. En agosto de 1936, entrevistó al General Queipo de Llanos en Sevilla. El resultado de aquella entrevista fue un artículo que provocó polémicas y reclamaciones diplomáticas. A raíz de esa entrevista no se permitió a ningún otro periodista de izquierdas entrar a los sectores nacionalistas.

A la caída de Málaga, Koestler fue hecho prisionero por el ejército franquista y condenado a muerte. Por espacio de ciento dos días, aguardó su ejecución. Su propio periódico, e incluso el magnate de la prensa, Hearts, solicitaron a Franco su libertad. Una periodista norteamericana, enviada por Hearts, fue a ver a Koestler a la prisión y le dijo que todo lo que tenía que hacer para quedar en libertad era firmar una declaración sobre el tema: “Lo que pienso de Franco”. Después de leer lo que se le pedía que firmara, Koestler la rompió y escribió de su puño y letra: “No conozco al General Franco y él no me conoce a mí. Si me perdona la vida, no podría ser sino por razones políticas y yo tendría que estarle personalmente agradecido, como debe estarlo un hombre a quien le salvan la vida. Pero yo creo en un concepto socialista del porvenir y jamás dejaré de creer en él”.

Sin embargo, al año de iniciada la Guerra Civil EspañolaKoestler rompió sus lazos definitivamente con el Partido Comunista. De ex militante, se convirtió en uno de los más encarnizados opositores al régimen soviético. Un ejemplo de ello es su novela “El cero y el infinito”. Koestler explica que la URSS stalinista es un engaño. Sus ciudadanos y obreros tienen un nivel de vida inferior al que podían tener durante la época zarista.

Además, la URSS no es una sociedad igualitaria, como se autoproclama, ni tampoco está regida por una democracia. En “El cero y el infinito”, Koestler resume la experiencia de varios hombres que soportan los abusos de Moscú y las tácticas empleadas por la policía soviética para llevar a los héroes de la Revolución de Octubre a ser acusados de crímenes que no cometieron. Una auténtica limpieza dictatorial.

Más adelante, al estallar la Segunda Guerra Mundial, Koestler y su compañera se dirigieron a París. Un mes después sería detenido, al igual que otros escritores extranjeros como Heinrich Mann, e internado en un campamento para “extranjeros indeseables” y enviado al campo de concentración de Vernet. El 17 de enero de 1940, gracias a la intervención del gobierno británico, sería liberado.

Entre las obras más importantes de Arthur Koestler se pueden citar: “El cero y el infinito”, “El Yoghi y el Comisario”, que es una recopilación de ensayos; “Ladrones en la noche”; o “The Age of Longing” (La Edad del Anhelo), novela futurista que narra las vicisitudes de un París ocupado por los rusos, que esperan el instante propicio para apoderarse de toda Europa.

Quizá todo esto le suene a Vladimir Putin y a sus aires de grandeza y expansión. Puede que en esta ocasión no sea París, pero si lo es Ucrania, y puede que no todo el mundo tema la invasión de un loco del cual se dice que un cáncer terminal le ha empujado a morir matando. Pero hay países que no ven los dislates de este nuevo heredero de la KGB y del stalinismo como simples bravuconerías. Hay países como Polonia, Finlandia, Lituania, Letonia o Estonia, que saben de lo que es capaz de hacer un enajenado al mando de un armamento militar temible. Y lo ven desde la cercanía de sus fronteras, desde la ventana abierta al pánico.

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