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DE SENECTUTE, TAMAMES

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Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

Ver en el Congreso de los Diputados a D. Ramón Tamames, histórico dirigente del PCE, y por el que llegó a ser diputado por Madrid, me hace rememorar la lectura que, tristemente, parecía enterrada por mí en el olvido: De Senectute, de Marco Tulio Cicerón.

En uno de los pasajes del libro escrito por el cónsul romano viene a decirse “las grandes acciones no se ejecutan con las fuerzas, o la agilidad, o la celeridad de los cuerpos, sino con la sabiduría, con la autoridad, con el pensamiento; cosas de las que no solo no está privada la vejez, sino que incluso se enriquece con ellas”.

Veo en la televisión la imagen del profesor Tamames apoyándose en el hombro de un ujier e intentando sortear los escalones para poder acceder al escaño y una frase vuelve de nuevo a mi mente: “no hay fuerzas en la vejez”. Pero la realidad es que tampoco se le exigen fuerzas a la ancianidad. Está dispensada de esas funciones. Es quizá lo que menos importa.

Ramón Tamames
Ramón Tamames

Un anciano no se debe al empuje que tiene un orador floreciente que basa su oficio, no ya en el ingenio, sino en los pulmones, en la musculatura y la fuerza mitinera. Hay oradores, los de ahora sin ir más lejos, que dan prioridad a la sonoridad de su voz resplandeciente donde mas que convencer, precisamente por falta de ingenio, pretenden embaucar por el tono y la potencia de su voz. Algunos incluso por el aburrimiento de palabras huecas, de una retórica vacía.

El lenguaje del viejo es sereno y pausado, sin necesidad de aspavientos, que se termina escuchando por su elocuencia y su lucidez, y no ya por el timbre de su voz. El lenguaje de los ancianos está adherido al final de los días y al cansancio de lo vivido.

La petulancia es más propia de los jóvenes. Los viejos no tienen que demostrar nada porque ya nada esperan, de la misma manera que Cicerón no tuvo temor alguno en escribir De República, Sobre la vejez o sus discursos conocidos como las Filípicas, sabiendo de antemano que Marco Antonio ya había puesto precio a su cabeza.

“La vejez es honorable solo si se defiende a sí misma, si mantiene sus derechos, si no está sujeta a nadie, sí, hasta en el último aliento, domina sobre los suyos”. Pues bien, resulta que ahora, los propagandistas del espectáculo se sorprenden que un dirigente del PCE se siente en un escaño de Vox para dar su discurso que, lejos de ser una moción de censura, es una brújula orientada del rumbo que hemos perdido en la política.

Esos diputados enérgicos y faranduleros periodísticos perfectamente dirigidos pretenden crear una imagen de un personaje cascado, casi senil, necesitado de oxígeno, de viejo que chochea y al que se le ríen las ocurrencias por una educación mal entendida.

Están atentos a buscar la noticia en que el profesor Tamames no aplauda a Abascal, o que reprenda a Sánchez su farragoso y adormilado discurso. Pero que sorpresa cuando nuestro anciano ponente demuestra que, lejos de que se le caiga la baba por la comisura de los labios, lejos de que se convierta en la marioneta del escenario político, ejercita una enorme clarividencia y sagacidad a la hora de interpretar los verdaderos problemas de nuestra sociedad actual.

Dirigentes de IU con Tamames. Foto de Que.es
Dirigentes de IU con Tamames. Foto de Que.es

Desde su sillón, mientras sostiene débilmente unos folios donde ha ido tomando apuntes que le sirven de guía en su exposición, pone el foco en una serie de puntos inmarcesibles e inevitables, muy distante de ese trampantojo al que uno que otro diputado de henchida voz incidía en intervención previa.

Así, con la voz pausada y rozando con los folios el micrófono, que entorpece más aún poder escucharle claramente, alude a quién se nos presenta como la inmaculada del feminismo, señalando la estatua de Isabel la Católica y dejándola claro que allá por el siglo XV, hubo quien fue más feminista que ninguna de las que se han apoderado de la bandera de la mujer. Alude a la excitación ilógica de un Patxi López operístico, o al enervado tono de zarzuela de Baldoví. Cita a esos nacionalistas que se han convertido en parasitismo vividor de nuestra política y que exigen sin templanza porque es lo único que ya les puede mantener en su escaño. No hay más que pedir como no hay más que dar. Y, por supuesto, declina contestar a quien no tiene argumento alguno para el bien constructivo de una nación…

Termina Tamames mencionando, entre otros, a Felipe González, Adolfo Suarez y Santiago Carrillo sobre el egregio consenso para los Pactos de la Moncloa y la Constitución. Se dirige a sus señorías dando las gracias por haber podido participar con su lucidez en una España tan difícil de gobernar.

Todo llega a su fin y las caretas vuelven a relucir. La risa hilarante, la mirada de displicencia de los que se creen por encima de lo que piensan y sienten los ciudadanos. Los vividores del erario. Cada uno en su escaño y cómodo sillón. Unos a la izquierda, otros a la derecha y varios a los extremos. Pero todos confortablemente sentados.

Quizá, lo que termine sacando en claro nuestro viejo profesor, fiel a su propia conciencia, es que la verdadera dignidad de la vejez es la resignación.

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