
Por María Marcos
Licenciada en Derecho y Librepensadora
El anuncio hace días de que la Fundación Cris necesita 30 millones para finalizar la fase preclínica y poder iniciar ensayos en humanos porque los fondos públicos no cubren esta investigación tan concreta para la cura del cáncer de páncreas, nos deja, o al menos a mí, incrédula. No quiero ni pensar para los que tengan, o sus familiares, dicha la enfermedad. No es muy creíble que no haya dinero para una causa como está, una cantidad que aparentemente para un Estado puede parecer ridícula si la confrontamos con otros gastos mucho más superfluos. Sin entrar en el gasto público improductivo y malgastándose por doquier, sin ningún retorno, ineficiente, y que bien podría aplicarse a un proyecto como este. Que es lo que opinan los cargos relevantes de por ejemplo el Ministerio de Salud. Para ellos, más que nadie, la noticia de que el equipo de Mariano Barbacid ha logrado eliminar completamente los tumores de páncreas en ratones, debería ser un momento de entusiasmo y celebración. Y sobre todo de empuje y apoyo para que dicha investigación llegue a buen puerto y se convierta en un hecho real y palpable, capaz de situar a España entre las potencias científicas de primer orden en oncología. Qué gran anhelo cumplido sería para tantos pacientes y sus familiares, para la ciencia y para la humanidad en general, poder transformar una enfermedad mortal en tratable.

Se pueden hacer muchas cosas mal, pero esta sería hacer una muy bien. No entiendo de burocracias. Pero no son compatibles con la urgencia de vivir, con la necesidad de un tratamiento, con la esperanza depositada en la investigación y en definitiva con la suerte de recuperar la salud o simplemente seguir estando. Hay gente que se está jugando mucho. No hablo sólo de los médicos, hablo de los que se levantan cada mañana rezando (la fe suele aparecer en estos trances) para que la ciencia avance a tiempo, para llegar a conocer ese tratamiento que le ayudará a conseguirlo. Hay momentos en los que no se puede perder el tiempo hablando de presupuestos, ni de estúpidas burocracias, ni de trámites institucionales que no ayudan a hacer mejor el mundo, pero si a empeorar el presente y futuro de la gente.
¿Y qué hay de los impuestos? Esos que cada vez son mayores y nos van asfixiando sin un claro retorno. Esto sería una manera de demostrar lo importante que es recaudar. Es un tema moral, social y sanitario que afecta al bienestar colectivo. No se puede poner en riesgo la continuidad de un proyecto tan prometedor, y sobre la salud, que nada tiene que ver con otros más superfluos, innecesarios, irrelevantes, improductivos. Un motivo más para desatar la rabia, la rebeldía y el continuo reproche de la inutilidad de los impuestos si al final no hay dinero para esto.
Y es que al final, ¿quién tiene que cambiar las cosas? la clase política que está a otros remiendos. Poco se puede hacer que no sea manifestar la incredulidad y hacer preguntas sin respuestas pero que llevan a la misma conclusión. Como la canción de Michael Jackson, Man in the mirror, deberíamos mirarnos al espejo y cambiar la manera de actuar de nosotros mismos primero. Me imagino a la clase política observando su reflejo. La élite política mirándose e imaginándose a sí misma, aportando su pequeño grano de arena, arrimando el hombro con la excelencia de su propio trabajo y no bajo la crítica a los demás, y sumando en lugar de restar.
Pero seguimos hablando de gobiernos, de políticos, insisto, la élite de este país, que hace y deshace y que viste modelitos que airean su elegancia por las cortes. Protagonistas de seriales llenos de escándalos. Pero con la seguridad de un puesto que les permite proliferar leyes a su medida, decretos y cualquier tipo de idea enrarecidas y sospechosas como la de la regularización extraordinaria de legalizar a más de 500.000 inmigrantes sin papeles que supuestamente ya viven en nuestro país. Cifra oficial que probablemente se disparará alcanzando muchos más ceros.

Este gesto, que parece una idea novedosa, tiene precedentes históricos, manteniendo las distancias, en otros de mayores dimensiones que menciona Irene Vallejo en su maravilloso libro El infinito en un junco, recordando la decisión del emperador romano Caralla, en el año 212, «una de las mayores concesiones de ciudadanía (romana) documentada en la historia, sino la mayor… rompiendo con la política antiquísima de convertir en ciudadanos plenos solo a un pequeño porcentaje de los aspirantes, de forma gradual y restrictiva».
El libro de Vallejo plasma como el cronista Dion Casio sospechaba «que bajo la aparente generosidad del emperador Caracalla se ocultaba la necesidad de recaudar dinero». Debe ser típico de emperadores y élites políticas, no dar puntada sin hilo y por aquel entonces y ahora después de más de 1.800 años, se asemejan las acciones para promoverse fines recaudatorios y el afianzamiento de lealtades de los votantes en un momento de inestabilidad. Por lo que pudiera parecer novedoso, al final está todo reinventado.
Fernando Aramburu en Los Vencejos, gran libro, nos recuerda como el personaje de Galdós, Máximo Manso, se calificaba a si mismo de «triste pensador de cosas pensadas por otros» y nos recordaba que el ser humano es un farsante por naturaleza.
Esperemos, no creo que mucho tiempo, para ver que otras grandes ideas, reinventadas y repensadas, nos deparará el futuro.


