La vejez es uno de esos estados de la vida que te vuelve conformista y acomodaticio frente a la rebeldía de la juventud. Y más aún si el sillón en el que uno descansa está acolchado por la proximidad institucional y cultural apoyada por el régimen alauita. En septiembre de 2025 Tahar Ben Jelloun fue incorporado como miembro permanente de la Academia del Reino de Marruecos, una institución oficial de alto prestigio cultural y dependiente del adiposo rey de Marruecos, Mohamed VI. En su intervención de ingreso, Ben Jelloun, habló de Marruecos como un país culturalmente rico y capaz de afrontar sus problemas sin derrotismo. Sin escatimar en esa especie de adoración e idolatría que suele hacerse al becerro de oro.
Pero no todo queda ahí, sino que entre abril y junio de 2025, el Museo Mohamed VI de Rabat organizó una importante retrospectiva de la obra pictórica y literaria del artista, De l’écriture à la peinture, con unas cuarenta obras y manuscritos de sus novelas. El autor, con reverencia y genuflexión, agradeció expresamente a Mohammed VI haberle dado la oportunidad de exponer allí.
De la misma manera, nuestro literato en cuestión es columnista habitual en el periódico del régimen Le360, panfleto dirigido y gestionado por Mounir Majidi, secretario particular del rey y gestor de sus intereses económicos, según ha llegado a publicar Le Monde.
Pero quizá lo más llamativo de todo es que el autor de El Castigo, frente a las revueltas del GenZ 212, donde la joven población marroquí exigía a su rey reivindicaciones de sanidad pública, educación, empleo y lucha contra la corrupción, trató de fortalecer la posición de que el problema está en el funcionamiento del país, pero no en la Corona. Esa misma Corona que también le cuida en su proyección literaria y artística y que, por el contrario, tiene a su pueblo mendigando y trabajando para él.
Según Forbes, en 2015, Mohamed VI fue nombrado el rey más rico de África y el quinto monarca más rico del mundo. En 2019, su patrimonio personal declarado ascendía de 8.200 millones de dólares estadounidenses. Y esto hablando de su patrimonio personal declarado porque no debemos olvidar que Marruecos, según la Organización Mundial de Aduanas, suministra más del 70% del mercado de hachís a Europa. Es evidente que eso no quiere decir que el rey de Marruecos tenga nada que ver con que la superficie cultivada de Kiffi aumentara drásticamente y no solo en las regiones tradicionales, Chefchaoun y Alhucemas sino también a las regiones de Larache, Tánger y Beni Mellal. Puede que no se haya enterado de lo que viene ocurriendo en su país a pesar del informe del Observatorio Geopolítico de las Drogas de 1994, citado por Le Monde y El País, en el que se llegaron a señalar conexiones con personas próximas al poder durante el reinado de Hassan II, el padre del actual rey. Pero para no irnos tan lejos, en 2006, Abdelaziz Izzou, director de la seguridad de los palacios reales fue acusado de colaborar con el narcotraficante Mohamed Kharraz. Según un informe del Departamento de Estado de EE. UU., Izzou fue detenido y posteriormente condenado en 2008 a 18 meses de prisión. Es decir, un año y medio. Es decir, nada y menos.

Una investigación del Tribunal Europeo de Derechos Humanos señaló que la información periodística sobre el supuesto vínculo de la familia real marroquí con el tráfico de hachís era un asunto de interés público y que los tribunales españoles no habían negado la veracidad de la información.
En 2026 se produjo el llamado caso «Escobar del Sáhara» que terminó con 29 condenados, entre políticos, empresarios y figuras del deporte, por narcotráfico, corrupción y blanqueo. Sí, el proceso terminó con 29 detenidos pero, evidentemente, nada de esto indica que Mohamed VI, más partidario de tomar té con piñones, tuviera nada que ver en todo este contubernio organizado en su país y por supuesto, a sus espaldas.
Independientemente de lo que sucede en nuestro país vecino, lo cual debería preocupar con enorme seriedad a Tahar Ben Jelloun, el escritor de El Castigo, libro en el que daba voz a los represaliados y perseguidos del régimen alauita bajo el mandato de Hassan II, lo que le llama la atención al actual complacido escritor marroquí es la exasperación de los ceutíes ante la violación de las fronteras. Habla de 141 personas ahogadas en el mar como si su rey, el que figura como el quinto monarca más rico del mundo, no tuviera nada que ver con lo ocurrido. Como si la gente que huye de su país en busca de supervivencia lo hubiera hecho por el caprichoso traslado de unos días de custodia compartida por una «pareja mixta». Porque para él Marruecos y España son una pareja y como tal están condenados a entenderse. Así, con esa banalidad, lo ha escrito en una de sus últimas colaboraciones en El País.
Y continua el autor predicando que hay que terminar con la perfidia de los ataques gratuitos, frutos de un odio ancestral, como si la culpa de todo lo que ha ocurrido lo tuvieran los ciudadanos ceutí católicos que llevan tatuados en su piel la efigie de Isabel la Católica. Porque lejos de pensar en el cercenamiento de los derechos y libertades de una población que vivía tranquila y en libertad, el autor marroquí, nos dice que todo esto es un pretexto para legitimar el rechazo al país magrebí cuya salud económica y cuyos grandes proyectos incomodan. ¿Cuáles? ¿Los de tu rey? ¿Los tuyos por la parte que te toca al estar tan «culturalmente» allegado? ¿O los de la verdadera población marroquí y saharaui que deciden huir de un reino que los trata como animales y que les empuja a arriesgar a perder la vida intentando cruzar la frontera de un país de tintes autoritarios e inhumanos?
Hay un dicho, del famosos refranero español, probablemente heredado de la sabiduría de Esopo en la Antigüedad clásica, que dice acertadamente para el caso de este escritor, «no muerdas la mano de quién te da de comer». Sobre todo, teniendo aún presente, en el recuerdo, el caso de Jamal Khashoggi, los ecos de sus gritos mientras le desmembraban en un sótano del consulado saudita en Turquía.
O mejor aún, el caso de Medhi Ben Barka, más que nada por esa cercanía geográfica a la que alude en su artículo Tahar Ben Jelloun. Medhi Ben Barka, compatriota suyo, matemático y líder de la oposición marroquí, que fue secuestrado en París a plena luz del día. Trasladado, según un antiguo agente de la seguridad marroquí, Ahmed Bujari, al centro de detención clandestino de Dar al-Mugri, en Rabat, y disuelto en una gran caldera de ácido, tras haber sido torturado.
Sin duda es mejor ejercer de predicador panfletario que de periodista o escritor de libre conciencia. La conciencia, en algunos regímenes, te la borran de un plumazo.


