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EL ZARPAZO DEL LEÓN

Manjón Guinea
Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

«Nunca olvidaré el alivio, la exaltación y el orgullo que me causó cuando siendo niño me llevaron por primera vez a un cementerio y descubrí una simple losa de granito en la que estaba grabado en grandes letras rojas el lema soberbio: “NI DIOS NI DUEÑO”».

Quizá esta idea, recuerdo de su infancia, delimite con la mayor precisión el bosquejo de un león en el desierto, indómito e indomable, cuya independencia es el eco de un rugido de violencia sorda y rebelde, el instintivo zarpazo de la palabra en su estado más puro.

André Breton nace en Tinchebray, el 18 de febrero de 1896, y en el primer llanto dejó oír su protesta considerando que la peor de la locura era la de dar la vida, llegando incluso a sentir rencor por aquellos que se la habían concedido. A partir de entonces absorberá, como un vampiro en la noche, la sangre joven y salvaje de un Rimbaud ingobernable, así como la locura ténebre y hediondamente grotesca de Lautreamont. Breton se valió, como un alquimista, del poder subversivo de la inteligencia pura descubierto en Valery, y en el rincón más oculto de la península de Gaspé, con la ayuda de Melusina, mitad mujer, mitad serpiente, encontró la fórmula para liberar al deseo de su mascarada de espantos. En mitad del conjuro pronunció la palabra, un relámpago cortó la carne del firmamento y de las tinieblas surgía consolidado el surrealismo.

SURREALISMO 2

El hombre es un muñeco de guiñol entregado a las necesidades prácticas, sus movimientos son dictados por las leyes del utilitarismo convencional, y los hilos de los que cuelgan sus brazos no es otra cosa que férreas cadenas, que con grosero criterio se denominan felicidad cuando habría de llamarse estulticia. Pero será la luz en el momento de la chispa, el sentido extremo de lo sensible y la palabra en el umbral de la conciencia lo que proporcione la fuerza oportuna para que la imaginación deje de ser sumisa y enarbole el emblema de la contradicción y de lo inexplicable.

El fin último del surrealismo es desnudar la realidad, despojarla de sus apariencias, rasgar sus vestiduras y violarla si es preciso para que muestre su verdadero rostro. No importa si es bello o macabro, pero es necesario mirar a los ojos de la bestia mientras se hace el amor con ella.

André Breton escribirá «el abrazo poético como el carnal, mientras duran, prohíben caer en la miseria del mundo». Porque la miseria no tiene otro nombre que la falacia y la mentira, y evitar caer en ese foso significa caminar en la noche si es preciso, antes que bajo la luz falseada y artificial de un farol.

Breton preconizó la catarsis del individuo a través de la poesía y de la quimera, gracias al navegar continuo de una escritura torrencial, automática, de naturaleza inagotable y disgresora. Escribió Nadja, que en ruso significa «esperanza», y a través del guiño amoroso y puro con una mujer mágica, personificación de la beauté convulsive, quiso conocer la libertad. Porque el amor es poesía y poesía es nombre de mujer, porque la mujer se llama deseo y porque el deseo no conoce otra regla que la enajenada libertad de la imaginación.

Sin embargo, la radicalidad lleva implícita un monstruo adormecido que en el momento en que nota su fuerza emerge para mostrarnos tal cual es, dictador y totalitario. El extremo dogmatismo de André Breton, convertido en sumo pontífice del surrealismo, le llevó a coronarse como un absolutista inclemente ahogando esa imagen múltiple y plural de la realidad, único camino posible de conseguir la libertad del hombre. Tras renegar de Guillerme Apollinare, Breton jugó, como juegan los monarcas absolutistas con sus vasallos. Formó tribunales o juicios sumarísimos desde su trono en el café de Saint-Germain, donde el acusado se veía obligado a explicarse bajo pena de ser condenado por incomparecencia. Y así se inició una caza implacable bajo la autoridad abrumadora de Breton. Soupault y Antonin Artaud fueron excomulgados contundentemente; y a ellos le siguieron otros como Anatole France, Aragon y el mismísimo Salvador Dalí, expulsado por el pontífice por motivos, no políticos, sino mercantiles, y marcado a fuego con el anagrama de «Avida Dollars».

Tumba
Tumba Breton

Tampoco Tristan Tzara se libró del rugido arrollador de este león, y durante una conferencia que Tzara intentó pronunciar en la Sorbona, Breton entró como un soberbio animal escoltado por algunos fieles. Al oír su nombre murmurado por todas partes, juntó el índice y el pulgar ante un ojo y a través de aquel inesperado monóculo escrutó a cada uno de los presentes con arrogancia. Señaló con dedo acusador a Tristan Tzara y lo cubrió de insultos. Breton desapareció después bajo la jauría vociferante y el tumulto originado.

Por otra parte, en un determinado momento, Eluard preguntó de improviso a Breton «¿tiene usted amigos?», y este respondió en un alarde de inteligencia y humor ambiguo «no, mi querido amigo». Quizá era lo que menos le importara. André Breton sabía que se había convertido en un líder con miles de acólitos dispuestos a arrojarse a sus pies como así quedó demostrado en su propio entierro, en el cementerio de Batignolles, el 1 de octubre de 1966. La figura de Breton permanecerá perenne en los rincones de nuestra memoria, no solo por sus actos y sus escritos, sino también por toda aquella legión de seguidores que instilaron en sus venas los dogmas de su doctrina.

© Semblanza extraída del ensayo “De la literatura y las pequeñas cosas

 

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