Uno echa la vista al pasado y piensa inconcebibles hechos que sucedieron siglos atrás donde los más ricos abusaban de los más pobres sin miramiento alguno. Algo que ha llamado siempre la atención, por aberrante, es ese derecho de pernada que poseían los señores feudales. Un cuadro de Vasili Polénov, El derecho del señor, pintado en 1874, muestra claramente como tres jóvenes acceden al interior del recinto feudal acompañadas por una especie de clérigo o consejero. Las familias de las muchachas esperan fuera, apesadumbradas y expectantes, retenidos por dos soldados a las puertas de los muros. Mientras tanto, en el interior del recinto, las tres jóvenes son ofrecidas a un señor feudal que, en el umbral de la puerta del castillo, junto a sus dos perros de caza, observa detenidamente y con una cara viciosa, cual de aquellas muchachas elegirá para satisfacer sus deseos sexuales esa noche.

Quizá, este atroz derecho de pernada quedó vinculado a la época de la Edad Media de la Europa occidental, pero estas prácticas de abuso sexual también fueron ejercidas en América Latina por los ricos hacendados sobre las mujeres indígenas con total impunidad hasta el punto de llegar a ser una de las motivaciones principales de los campesinos que originó la Revolución Mexicana de 1910.
El caso es que cuando uno creía que, estando en pleno siglo XXI, todo aquello había pasado a la historia, o como mucho seguiría ejerciéndose en alguna tribu perdida de África o del Amazonas profundo, nos encontramos con los vídeos de Jeffrey Edward Epstein. Un magnate financiero, convertido en un proxeneta, delincuente sexual y violador en serie nacido en las calles de Brooklyn. Pero lo verdaderamente preocupante no es este despreciable tipo que se ahorcó en su celda o al que pienso, cada vez con más agudeza, que lo ahorcaron. Sobre todo, teniendo en cuenta que el video del circuito cerrado de televisión que graba los hechos está manipulado, faltando del mismo un periodo de 2 minutos y 53 segundos. Lo preocupante es que este tipo no era más que el intermediario, la imagen actualizada del consejero o conseguidor que aparece en el cuadro de Vasili Polénov, y quién ofrece jóvenes y menores a sus clientes, a los señores feudales del nuevo mundo. Al universo de ricos y poderosos que tiene en su repleta agenda.
Epstein era el gran organizador de fiestas pornográficas en su mansión con víctimas menores de 14 años. Celebraciones por todo lo alto y veladas prohibidas en su isla donde, supuestamente, acudían, como moscas a la mierda, personajes de la talla de Donald Trump, Bill Clinton o Bill Gates. Cada uno con su cara de lamelibranquio excitado por tener la oportunidad de participar en tan denigrantes celebraciones.
Pero ahí no acaba todo, más bien empieza. La lista de Epstein engloba a miles de personalidades públicas, políticos, empresarios, magnates, tecnócratas… Como por ejemplo el embajador del Reino Unido en EE. UU., Peter Mandelson, ex lord y ahora llamado, acertadamente, el príncipe de las tinieblas. O el ex duque de York, Andrés Mountbatten Windsor. Sí, aquel señorito ocioso de la realeza británica que llegó a un acuerdo extrajudicial millonario para zanjar la demanda por abuso sexual que interpuso Virginia Roberts Giuffre, la cual terminaría suicidándose. O la duquesa Sarah Ferguson, la cual alegremente intercambiaba mails con Epstein y a quién llegó a decirle en uno de ellos «cásate conmigo», no sabemos si con las bragas bajadas o no. Y todo ello con el consciente encubrimiento de lo que ocurría por parte de la Casa Real Británica.

Según Andrew Lownie, autor del libro Auge y caída de la Casa de York, parte de estas fiestas celebradas por Jeffrey Epstein en su mansión sobrepasaban lo espantoso. Historias impactantes como abusos satánicos, niñas menores que mueren en relaciones sexuales crueles y que luego tras, hacerlas desaparecer, las entierran. Al estilo de los más crueles narcotraficantes.
Pocos son los amos del universo que se libran de los tentáculos de Epstein. Ni tan siquiera la futura reina consorte de Noruega, Mette-Marit, ni su primogénito, Marius Borg, en prisión provisional, acusado de 38 delitos, entre los que se incluyen los de violación a varias mujeres y malos tratos.
Ahora, los servicios secretos polacos nos cuentan que Epstein actuaba coordinado con los servicios secretos del Kremlin y que Putin estaba al tanto de todo. Y a mí que me importa, pienso yo. ¿Acaso era Putin quien abusaba de esas menores haciendo gala del derecho de pernada? Creo que los archivos secretos y aún clasificados de Epstein esconden mucha porquería que pueden involucrar a personajes como Elon Musk y quién sabe si José María Aznar y el rey emérito. De momento lo que si sabemos es que Epstein enviaba regalos y mensajes a tan estirados personajes. El caso es que esto se ha convertido en un baile de vampiros, tal y como lo describió el propio Putin.
Últimamente se ha generado una sensación de que las élites empresariales y políticas pueden hacer lo que quieran porque se salen siempre con la suya. La justicia no es independiente y es débil frente al poder político. Y el ciudadano se ha convertido en un ser pusilánime y amaestrado. Pero quizá ha llegado el momento de que la opinión pública sea la que reviente todo este contubernio. Con sus propias armas. Con esa libertad sin igual que dan las redes sociales para denunciar lo inconcebible. Ha llegado el momento de que se exija justicia y de que todo salga a la luz. Hay que evitar interiorizar la sensación de que volvemos a estar en los tiempos de Luis XVI y María Antonieta y todo su séquito de nobles gozando de la abundancia y el ocio, frente a la miseria, la subida de precios y la escasez que soportaba el pueblo. Quizá ha llegado el momento de enarbolar una bandera parecida a la de esos enajenados jacobinos para hacer que las leyes y la justicia se cumpla. Para tirar por tierra un régimen de políticos y tecnócratas que se creen con bula para hacer todo aquello que les venga en gana. Quizá ha llegado el momento de enseñar de nuevo el filo de la guillotina para que todos aquellos señores nobles, beneficiados de su amigo el depredador, paguen en la tierra sus viles actos. Sin darles la oportunidad de huir a su añorada Marte. Y evitar así, que los amos del universo extiendan su codicia, enviciamiento y degradación, incluso a otros lugares por descubrir.


