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DE LOS VALIENTES

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Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

Hay literatura que pasa por nuestras vidas como un cuerpo sin alma. Es ese tipo de literatura cuyo único fin ha sido el talar unos cuántos árboles para alimentar de papel esos libros estériles. Son los típicos libros del fogonazo, del flash, de las cenas y las galas, de los premiados y los del rostro televisivo. Son libros que en modo alguno remueven las conciencias y que después de leer alguno de sus capítulos puedes dormir placenteramente, sin que nada en tu pensamiento turbe el sueño. Es la literatura de la complacencia y del marketing. De las ventas sin importar en modo alguno la calidad ni el mensaje transmitido. Es la literatura de los nuevos tiempos, al menos en el interior de nuestras fronteras.

Sin embargo, hay otra clase de letras que aborda sin miedo el humanismo, con sus grandezas y con sus miserias. Hay, en el silencio más absoluto de la dedicación y el trabajo, una clase de novelas que se tejen en la soledad de la documentación, en un ambiente sombrío de biblioteca, en los rincones de las calles… que, posteriormente, se elaboran bajo la luz tenue de la pantalla del ordenador, acompañadas del silencio de las noches o de los débiles rayos del alba. Son novelas que han perdido el miedo al qué dirán, a lo políticamente correcto, a las amenazas de individuos de baja calaña o de alta alcurnia. Son novelas que se enfrentan a la incultura, a la voracidad de esos jinetes de la Apocalipsis que nos son otros que los grandes poderes del dinero y del marketing. Son novelas escritas por literatos, por escribanos de la realidad que se rasgan el pecho para dejar salir de su interior toda la rebeldía que puede acumular un alma contrariado e insurrecto.

He tenido la suerte, gracias al envío de uno de sus libros por parte de Anagrama, de leerme Los valientes están solos, de Roberto Saviano, aguerrido periodista de origen napolitano. El libro nos adentra en aquella época negra y perversa de la Italia de la Camorra y de la Cosa Nostra. De los crímenes de la mafia siciliana que llenaba las calles de Palermo de sangre y muertos, tal y como reflejó en sus fotografías Letizia Battaglia. Pero el escritor no se detiene en hacer una retrospectiva de esa época violenta, sino que, con la reconstrucción de la figura del juez antimafia Giovanni Falcone, saca a la luz el abismo de la cobardía de políticos, mafiosos e incluso jueces que se movían en ese avispero, frente a la calidad humana e íntegra del protagonista de la novela: Falcone.

Portada del libro Los valientes están solos, roberto Saviano, Anagrama
Portada del libro Los valientes están solos, roberto Saviano, Anagrama

El libro ahonda en ese mundo financiero hecho de cheques al portador, de cuentas corrientes, de empresas fantasmas para blanquear el dinero, de contratos públicos adjudicados a dedo, y por supuesto, en el tráfico de droga.

Todas y cada una de sus páginas se embadurnan de un miedo perpetuo. El temor del buen ciudadano frente a las misivas intentando aterrorizar a quienes cumplen con su trabajo. Esos jueces íntegros, antimafia, que de vez en cuando reciben en su despacho la esquela con su nombre, cruces dibujadas y ataúdes en miniatura que pretenden indicarles el camino que les espera.

Según se avanza en el libro uno va esquivando los disparos a quemarropa, por la espalda al salir de un restaurante. Observa como el Estado ha enfermado de células malignas donde «ya resulta difícil distinguir la parte sana de la corrupta», dirá el propio Saviano. «Un organismo en que las células enfermas atacan a las sanas, como en las peores enfermedades».

Y en mitad de todo ese ambiente séptico hay un hombre de bigote y sonrisa palermitana, Falcone, que rodea con un lápiz el nombre de mafiosos, de empresarios reputados y que, hasta hace muy poco, nadie había pensado que podían estar relacionados en una perversa trama enrevesada y entretejida por las drogas y el blanqueo de dinero. Dinero que viene sucio, pero que se lava oportunamente.

Roberto Saviano nos describe en el libro escenas en las que uno se imagina al juez, entre volutas de humo y cigarros que se encienden con la colilla del anterior, rodeado de papeles, montañas de extractos bancarios siguiendo el rastro del dinero negro, como piezas de un rompecabezas que, hasta ahora, nadie tuvo el arrojo de pretender confeccionar para sacar a la luz la verdad. Porque entre todos esos papeles aparecen nombres vinculados con políticos como Democracia Cristiana, lacayos de la mafia, enlaces entre los directores de banco y los capos de la Cosa Nostra. Un mundo de silencio y de omertà hasta que, por fin, gracias al tesón, la rectitud y la determinación de un hombre que ha decidido recomponer ese enorme mosaico, tesela a tesela, hace que se oiga un clic, «un chasquido que simboliza el ruido de una pieza que encaja perfectamente y que deja claro que ya nadie podrá separar sus piezas porque se ha convertido en un cuadro». En un lienzo tenebroso como esos de Caravaggio, donde una expresión horrorizada casi provoca piedad, como en la Cabeza de Medusa, expuesta, para asombro de todos, en la Galería de los Uffizi, Florencia. Todas esas serpientes que rodean dicha cabeza han quedado al descubierto. Con sus nombres y apellidos. Con sus artificios mafiosos elaborados a través de una negra historia por la heroína traída desde Oriente Medio, pasando por Turquía hasta llegar a Palermo, donde se refina para cruzar el océano hacia EE. UU., la tierra de las oportunidades que convierte la materia prima en dinero. Y después hacer el trayecto inverso. Un dinero lavado por los constructores, por los banqueros, por los restaurantes e incluso por esos contratos públicos validados por los representantes de Democracia Cristiana, tal y como asevera el escritor en el libro. Sí, contratos públicos que generan empleos míseros, pero que sirven para que las casillas de elección de voto se señalen en los momentos de elecciones.

Un sistema circular perfecto que da de comer a todo aquel que se ha montado en el autobús de la mafia. Es un mundo donde no parece que importen los cadáveres arrinconados en las calles de todo aquel que no se pliegue a las exigencias de Toto Riina y sus secuaces. No importan las muertes por sobredosis, ni las familias destrozadas y arruinadas por hijos consumidos por las drogas. «¿Quién era el responsable de todo eso en el interior de aquel círculo creado? ¿Se puede arrebatar el cuchillo de las manos de todo un país? Quizá no. Pero sí se puede cerrar la fábrica de cuchillos», dirá Roberto Saviano. Y por eso Giovanni Falcone sonríe. Porque es un valiente que, aunque esté solo, ha decidido cerrar la fábrica de cuchillos.

Desde ese momento, el libro de Saviano nos describe la sorda y triste desolación que vive un juez por el mero hecho de ser íntegro. Circunstancias como acudir con su pareja, Francesca a cenar en un restaurante y ver como todos los demás comensales abandonan dicho establecimiento por el miedo a estar cerca de él. La muerte le acecha porque está sentenciado por el mal. Porque el mismo diablo, Toto Riina, sabe que el Maxiproceso, donde se juzgará a toda la cúpula de la Cosa Nostra acabará con su imperio de vileza y crueldad, con todo su reinado y su tiranía infecta de células malignas.

El final del libro, Los valientes están solos, nos describe como las ratas encuentran un pequeño conducto por debajo de la carretera en la autopista que va de Palermo a Mazara del Vallo. Nos cuenta como el juez Falcone, nativo del barrio de la Kalsa, uno de los más conflictivos de Palermo, no abandonó nunca sus orígenes. Por eso, y no por otra razón, era perfecto conocedor del mal que acechaba en toda Sicilia. Sus últimas hojas nos relatan como, acompañado de su inseparable amor, Francesca, «fiordo sonrosado de perfumes y esperanzas», han tomado la decisión de ver de nuevo el rito de la pesca del atún, a principios de mayo. Son tradiciones que se llevan en la sangre al haberlas vivido desde siempre. Un rito que se repite todas las primaveras y que, sin remisión alguna, deja el mar teñido de rojo sangre. Probablemente una premonición.

Alexander Stille, fotografía Wikipedia
Alexander Stille, fotografía Wikipedia

El del juez Falcone y el de Francesca es un viaje de amor a la tierra amada, a las costas mediterráneas de Italia. Un viaje de amor que lleva a la muerte. Una explosión tan potente que «registra el observatorio geográfico del monte Cammarata, a más de cien kilómetros de distancia del lugar» por donde, en ese momento, pasan en coche Falcone, su mujer y sus escoltas.

Pensaba la mafia que matar al juez Falcone era el final de todo, pero se equivocaron. «La idea de un mundo sin mafia ardía en su pecho y cuando una idea habita los cuerpos, puebla las mentes y, un día u otro, puebla también el mundo». La muerte de Falcone fue el principio del fin de aquel lienzo siniestro.

El libro de Roberto Saviano es, sin duda, un enorme tributo a un valiente, que, aunque encontrándose solo, decidió sostener las columnas de la moralidad y la ética en el mundo, en el rincón más preciado de su querida Sicilia.

Quizá, un pequeño detalle desmerezca tan excelsa novela de Roberto Saviano: la originalidad. Esa hay que atribuírsela a la anterior novela del escritor neoyorquino Alexander Stille, escrita en 1995, Excellent Cadavers: The Mafia and the Death of the First Italian Republic, uno de esos grandes novelistas contrariado e insurrecto a los que aludía al inicio del presente artículo.

 

 

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