Le he vuelto a ver, por última vez, tumbado e inmóvil. Con una quietud placentera que parece negarse a seguir la nueva estrella. Con una mueca en su rostro que parece burlarse de todas las sentencias irrefutables. Un trazado en sus labios de última comedia, de risa ya perenne que tienta los caminos y los juicios de Dios.
Ha decidido saltarse el ritual que viene impuesto al deterioro del cuerpo. Esa agonía tan temida que precede a la muerte. Se ha ido en silencio y el cielo ha comenzado a llover. Pero en su rostro ha dejado dibujado la pincelada de la fina ironía. La de un fiel seguidor de Epicuro que, sabiendo que ha llegado su hora de partida inevitable, dice, a los ojos espantados por la prontitud: «¡qué dignamente he vivido!».
Sí, dignamente. Como un verdadero estoico. Concediendo el verdadero valor que debe tener a la honestidad, al gusto por las cosas bien hechas, al respeto a los demás, al verdadero sentido de la vida. Alejado de todo aquello que fomenta una sociedad competitiva y egoísta, de artesanado envidioso y purulento.
Se ha ido riéndose de un mundo donde la vulgaridad está de moda. Donde el honrado es un necio o un inadaptado. Donde se desprecia la cultura y la dignidad del ser humano. Ha partido con la risa en los labios. Con la mueca de Kundera, la irreverencia de Darío Fo o el sarcasmo de la Gioconda de DaVinci. Con un humor rebelde, de desacato continuo que resquebraja todas y cada una de las leyes del Diablo. Que deslegitima al poder y agrieta las verdades inmutables.

Fue a trabajar. Se fumo un pitillo y no tuvo tiempo ni de hacer el petate para su último viaje. Porque nunca lo ha temido. Siempre tuvo claro, como dijo Séneca, que morimos cada día (quotidie morimur). Desde el momento que nacemos. Como una vela que brilla mientras poco a poco se va consumiendo la cera que la alimenta. Se ha marchado enriquecido, colmando de riquezas inmateriales, porque cada día vivido ha sido su verdadero tesoro. Nunca temió abrazar cada hora y cada momento entre volutas de humo y tragos con amigos.
Soy consciente de que sigue estando entre bastidores. Al otro lado del escenario. Que desde ahí contempla la ridícula comedia humana, con la salvedad de que ahora, es él quien mueve los hilos. Con la tranquilidad de un filósofo venido a menos en un mundo ingrato y terrenal. Una humanidad a la que ahora contempla desde su torpe vuelo de águila, entre piruetas de sarcástico bufón como aquellas que daba en las playas de Cangas de Morrazo. Desincronizadas y sorprendentes como su propia existencia.
Hoy, mientras llueve, me he preguntado qué extraña sensación me embruja. Qué seduce mi mente al traer consigo el recuerdo de su amistad. De aquellos años en la universidad. Inolvidables e insurrectos. De aquellos lazos indestructibles que a cada hora se hicieron más fuertes y pétreos. He sentido la necesidad de recordarte con tal de verte reír, aunque sea por última vez.
Adiós, querido amigo. Ve pidiendo una ronda, Palomares. Nos veremos pronto. Tan sólo me queda hacer un par de cosas insignificantes. Algún que otro intento inútil de vencer al olvido.


