LLEGARÁ UN MAÑANA… EN CEUTA

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Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

Es el eterno problema. La injusticia que separa al que tiene del que no tiene. ¿Cómo resolver el problema? Algunos dicen haberlo intentado, pero lo dudo. Todos aquellos que dicen haberlo intentado tan solo han conseguido sustituir la persona que limpia la alfombra. Así lo escribió Oriana Fallaci en uno de sus grandes y olvidados libros. En cualquier sistema que nazcas, bajo cualquier ideología, siempre hay un fulano que limpia la alfombra de otro. A los dirigentes se le llena la boca al decir, «con nosotros es distinto. Con nosotros todo va a cambiar. Esta injusticia se va a acabar.» Pero luego todo es mentira. Nada cambia. Sigue habiendo una mesa donde comen los ricos y otra donde se agolpan los pobres.

Para el rico no importa el frio, ni el coste del gas, ni del petróleo. De todo posee en su grandioso reino. Todo es un juego que consiste en pulsar el termostato y aumentar los grados de temperatura en invierno, en comprarse un abrigo de pieles, e incluso irse a esquiar a los mejores hoteles con la calefacción a pleno rendimiento sin que importe el grado de emisiones que afecte a la calidad del aire. Toda esa propaganda queda para el vulgo. Para los pobres.

A los ricos, a la gente todopoderosa no le importa llenar el tanque de gasolina de sus yates, aunque el petróleo esté disparado porque un señor decida inventarse una guerra para quedarse con los recursos de otro país. A los ricos no les importa empujar a su población hacia el mar y dejar que se ahoguen mientras no le despierten de la siesta o de sus rezos a Alá.

Si eres pobre la cosa cambia mucho. El frío se convierte en una maldición e incluso aprendes a odiar la belleza de un idílico paisaje cubierto de nieve. Hay una maldición que se mete en tu interior. La ropa y los huesos siempre están húmedos. Como si nunca se hubiera salido de un naufragio. Llenar el depósito de gasolina de una furgoneta se convierte en un desfalco, aunque sea para poder trabajar como un autónomo más. Y lejos de irte a hoteles a disfrutar del invierno, lo máximo que puedes hacer es echarte alguna que otra manta más a la hora de dormir porque la calefacción no puede estar puesta durante todo el día. No podría pagarse cuando llegara la enorme factura.

Por eso, a los pobres se les hace creer en el mañana. Como al burro que le colocan por delante la zanahoria para que avance pensando que algún día alcanzará la deseada hortaliza. El mañana es el verdadero sedante de la gente humilde. Desde cualquier credo o ideología ese futuro próximo es la gran esperanza.

emigrantes

La iglesia, por ejemplo, ha sido una gran habilidosa al hacernos creer en el mañana. En el hecho de ser sumisos y pacatos en el presente porque el mañana siempre será mejor. Desde su púlpito el cura nos anunciaba que tarde o temprano llegará el Reino de los Cielos. Porque los humillados conseguirán un mañana maravilloso y los prepotentes sucumbirán entre sus propias ambiciones.

Después, llegará un señor cargado de dinero y de intenciones empresariales, como esos americanos que desembarcaron en Macondo para hacer de la ciudad uno de los mayores puertos bananeros. Y nos dirán que ellos son el mañana. Que si nos dejamos guiar conseguiremos dejar atrás el ayer y la pobreza. Pero cuando uno quiere darse cuenta, nada de eso ha cambiado, sino que los pobres siguen siendo más pobres y esclavos porque les han quitado sus derechos a cambio de comprarles su tiempo.

Más tarde llegará un tipo que enarbola una bandera roja. Un estandarte de revolución socialista que pretende repartir los bienes entre los más desfavorecidos. Ha llegado el momento nos dicen. «Llegará un mañana. Un mañana sin humillaciones». Pero cuando llegan al poder se asientan, se acomodan, se colman de lujos y se sienten tan a gusto que incluso piensan en quitarles las libertades a todos aquellos que se atrevan a discutir que su aburguesamiento de tintes izquierdistas es por el bien común.

De entre los escombros de la guerra llegará un nuevo mañana. El de los burócratas occidentales. El de los eurodiputados que se sientan en su escaño y desde ahí dicen que debemos acoger y proteger a todos aquellos que tienen menos que nosotros. Sí. Ante todo, hay que ser humanos, pero que los calzoncillos sucios debes lavarlos tú. Ellos no pueden mojarse las manos en lejía. Ellos solo pueden disfrutar de los spas y baños de relajamiento en los Alpes suizos para seguir ideando una sociedad del bienestar.

Entonces en mitad de esa democracia colmada de valores y buenos pensamientos, la gente pobre se da cuenta de que sigue sin poder poner la calefacción en invierno, aunque tenga frio. Que ha perdido la dignidad en silencio, mientras otros, desde sus palacetes les llenan de consignas sobre el estado del bienestar. Que todas aquellas palabras huecas de tener empatía con los más necesitados te han llevado a ser tú el único que les das apoyo, mientras que los que te prometieron un mañana siguen viviendo a cuerpo de rey gracias a tus impuestos y tu trabajo. Ni te percatas de que cada vez eres más pobre y de que te encuentras más cerca de esos a los que has ayudado a comer un plato caliente. Te dicen que no debes ser racista mientras compartes tu bocadillo con un emigrante de otra raza y ellos, por su parte, disfrutan de los atardeceres en las extensiones de una finca de miles de hectáreas o de playas privadas con sus amigos de alta alcurnia.

Y llega un momento en que ya no te crees nada. Estás hastiado. Agotado de escuchar ese continuo bombardeo propagandístico del buenismo ideológico. Pero aparece un tipo que dice que esto es insostenible. Que hemos llegado a un punto de depravación de la sociedad y que todo tiene que terminar. Que por fin llegará un mañana en que no tendrás que lavar los calzoncillos sucios de los demás. Un mañana en el que podrás poner la calefacción en invierno, podrás llenar el depósito de gasolina y disfrutar de un mes de vacaciones como tus propios dirigentes. Podrás bañarte en tus propias playas de Ceuta y podrás abrir tu negocio para poder hacer frente a los pagos mensuales, tal y como hacías cada mañana, hace tan solo cuarenta días.

Y es entonces cuando tú, ciudadano ceutí, te preguntas, como se lo preguntaba Oriana Fallaci, si el mañana es un ayer. Que si en realidad, te encuentras en un sitio donde ayer es un mañana y donde cada mañana no es una conquista sino un engaño. Por que no quieres verlo o aún no concibes conocer la peor de las realidades: que el mundo cambia y sigue siendo como antes. Que el mañana es un tiempo futuro y por tanto no existe.

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