Hay un género literario que parece sostener que la ley, la justicia y la verdad está por encima del mal. Es la novela negra. Esa misma que convierte a un detective, a un magistrado o a un periodista en valedor de la verdad. Que gracias a sus indagaciones termina por sacar a la luz una injusticia. Persigue al culpable y le sienta en el estrado e incluso contempla como accede a la cárcel para pasar el resto de sus días entre barrotes.
Se ha restaurado el orden gracias a esos personajes quijotescos que son inflexibles ante los valores morales y cívicos. Todo parece correcto. Todo se cierra como el cerrojo de la puerta de la cárcel y el lector podrá dormir tranquilo. Porque ha vencido el orden. El caos ha sido aniquilado y gracias a ese periodista indiscreto, a ese policía rebelde o a ese magistrado sombrío los ciudadanos pueden dormir tranquilos porque alguien vela por sus intereses.

Pero todo esto no deja de ser una gran mentira porque la verdad y la justicia no son la misma cosa. Esta forma de concebir la literatura no deja de ser un sedante para el lector, para la propia sociedad donde su maquiavélica máxima es que algo cambie para que, en realidad, todo permanezca igual, tal y como dijo Tomasi di Lampedusa.
He llegado a contemplar la falsedad de ese tipo de novelas que me fascinaron en mi juventud. Al estilo del comisario Maigret, o de Sherlock Holmes, Hercules Poirot, o incluso el cinematográfico detective Colombo. Movidos desde su dejadez, desde su rebeldía institucional terminan siendo las piezas principales para consolidar el sistema al extraer la pieza corrupta y ponerla frente a la justicia.
¿Pero qué ocurre cuando la pieza séptica no es única, sino que forma parte de todo un engranaje social envenenado por la corrupción y por una propia sociedad infecta?
Creo que la inevitable idea a tratar en la literatura de nuestros días es que la verdad y la justicia no son la misma cosa. Es que el periodista o el policía investigador debe tropezar con un mal mucho mayor que el propio asesino. Un mal extendido por las instituciones a consecuencia de la corrupción política o de familias inmensamente poderosas que han estado siempre en la cúspide gobierne quien gobierne. Y la cuestión es que, aunque el investigador sepa demasiado comprende que puede hacer demasiado poco. Todos juegan sucio. Todos se mueven por intereses económicos, políticos, policiales y criminales donde el poder legal y el poder ilegal se confunden según sean los intereses que mueven a los poderosos. La propia ley se cambia según sus conveniencias. O se crean nuevos decretos para enriquecer consultorías allegadas a los diputados electos.

El detective o el policía no puede ser una encarnación heroica que libre de culpa al lector al haber resuelto la situación con un arresto final. Estaríamos engañando al lector de hoy día para tenerlo anestesiado. Los investigadores asignados al caso deben comprender y entender que son parte del sistema y que se han convertido en piezas que se mueven por hilos superiores en un tablero de ajedrez perfectamente orquestado. Son meros peones que no tienen capacidad alguna de cambiar el sistema. Forman parte de la misma estructura corrupta que deben investigar. Es lo que ya pusiera sobre la mesa Dashiell Hammett. La destrucción de esa frontera cómoda entre delincuentes y ciudadanos respetables. Porque esos mismos ciudadanos respetables: gobernantes, empresarios, políticos, policías y mafiosos; participan todos de la misma lucha de poder. Todos están unidos y todos estrechan sus lazos según sea el rédito. Con la diferencia de que, hoy día, ya ni tan siquiera se tiene la capacidad de provocar el derrumbe de una parte de ese entramado. Ya no existe la posibilidad de representar una restauración moral. El detective o el periodista está contaminado por la violencia que pretendía combatir. De la misma manera que la enfermedad se ha extendido a nivel global, gracias a gobiernos corruptos que estrechan lazos con el único fin de seguir saqueando a sus propios ciudadanos y poder trasvasar el dinero sin posibilidad de seguimiento.
Y así llegamos a esa dimensión extraordinaria de James Ellroy donde policía, política, prensa, crimen organizado, empresarios y celebridades forman parte de una red perfectamente sincronizada e inseparable. En este caso, ¿qué queda por hacer tras descubrir la verdad? ¿cómo combatir a un sistema del que formas parte? De una red a la que pertenece el mismo grupo periodístico que te paga la mensualidad y que te permite hacer frente a tu hipoteca. Resolver el misterio, conocer la verdad, se convierte en la propia condena del investigador. En una profunda sensación de derrota.
La única forma de sobrevivir es desarrollar tu propio código moral en un territorio ambiguo y plagado de ciénagas. ¿Qué valor tiene descubrir la verdad cuando se es consciente de que no se podrá convertir en justicia? Quizá el ser conocedor de todo ello permita conceder a ese personaje fracasado, a ese investigador de nuevo cuño, el mantener un rescoldo oculto de dignidad.
Quizá una literatura que saque a la luz este perverso entramado de nuestros días permita que todo reviente desde dentro. Desde el mismo corazón podrido de la falsedad en la que nos encontramos anestesiados.


