LAS NUEVAS PLAÑIDERAS

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Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

Cuando uno piensa en las plañideras, lo primero que le viene a la imaginación son aquellas mujeres de aspecto lúgubre que aparecen en los entierros, para llorar a los difuntos. Se cuelan entre los asistentes al velatorio y, en un alarde teatral, se lamentan entre gemidos de la pérdida de un ser querido. De un caído en desgracia al que ni siquiera conocen. «Qué bueno era. Le acompaño en el sentimiento. Qué pérdida tan terrible. Quién lo iba a decir. Qué catástrofe», son las frases que se deslizan entre el pañuelo que cubre su boca y los hábitos negros tras los que se esconden.

Son los maestros o las maestras del ritual fúnebre. Los que realzan la escena del padecimiento con más fuerza y sonoridad y que contagian o provocan la imitación en el llanto o el desconsuelo. Dice Tom Lutz, en su libro El llanto: historia cultural de las lágrimas, que en los tiempos del Antiguo Egipto o en la Antigua Grecia, el consuelo de las plañideras ayudaba a purificar el alma del difunto.

Retrato de Francisco de Goya

En España, la literatura ha dejado múltiples muestras de esta figura un tanto desagradable e incómoda que generalmente se asociaban a entornos rurales, de terratenientes y caciques. García Lorca, en su libro La casa de Bernarda Alba, alude al mundo del luto, al ritual de la muerte en los pueblos de la Andalucía profunda. Camilo José Cela retrata, en La familia de Pascual Duarte, la figura de una mujer que llora profesionalmente. Y por supuesto, no se queda atrás, el maestro del esperpento, Valle-Inclán, al dejar constancia del llanto exagerado de esta clase de personaje en Divinas Palabras.

El caso es que, cuando uno creía que esa figura atávica, con cierto hedor a pobreza y lamento, había desaparecido de nuestro rito funerario, nos damos cuenta de que no es así. El mundo ha evolucionado. Se ha vuelto más pervertidamente sofisticado. Las nuevas plañideras ya no acuden con traje de luto, manoletinas o zapatos de charol y mantilla de encaje de seda como en los retratos pintados por Francisco de Goya. Ya no se tiran del pelo mientras se lamentan a causa del quebranto. Todo eso ha cambiado radicalmente. Y aunque creamos que ya no existen siempre están presentes en las grandes desgracias. En primera fila del escaparate de la muerte. En los actos de primera solemnidad.

Son los primeros en presentarse con su séquito para dar muestras de la pompa contenida del dolor. Aparecer en el momento justo. Unos minutos antes de la conexión televisiva de los telediarios de mayor audiencia. A las tres de la tarde. La hora del postre tras la comida en cada jornada laboral.

Se interrumpe el tráfico, se acordona la zona, se establecen los perímetros de control y vigilancia, y al momento llegan ellos o ellas. Las nuevas plañideras. Con sus trajes de corte perfecto realizados por los mejores sastres. En tono oscuro como su corbata, para que reflejen la tristeza y el pesar. Vestidos de las sedas más caras y diseños de Armani, con collares y brazaletes, en su justa medida, que sean muestra clave del desconsuelo.

Se colocan en un lugar perfectamente estudiado por el protocolo y comienzan a llorar interiormente mientras dan el pésame a las familias. A aquellos que sufrieron las consecuencias de una catástrofe natural o a aquellos que han sido víctimas de la negligencia del poder, de los dirigentes políticos y del reinado de los cicateros.

Da igual que sea la lava de un volcán, el fango y las turbulentas aguas de una lluvia torrencial, o la falta de mantenimiento ruin que provoca el fallo y el descarrilamiento de un tren con sus consecuentes muertes y heridos. Ellas, las nuevas plañideras, siempre van a estar ahí. Acompañando a sus súbditos en el dolor.

La cuestión, evidentemente, no es otra que salir en la foto, en los periódicos, en las redes sociales, en la televisión… y demostrar que ellas/os son los primeros afligidos con lo ocurrido. Que entienden a las víctimas y que se lamentan como el que más, aunque no se tiren de los pelos como hacían sus antecesoras. Sin embargo, aunque el decorado teatral es completamente distinto, pues va acorde con el estatus regio y de autoridades, el léxico no cambia. Las frases de condolencia son las mismas. «Qué lástima, qué catástrofe, qué pérdida tan terrible. Te acompaño en el sentimiento».

Plañideras

Al poco tiempo, cuando ya todo ha sido perfectamente plasmado por los noticiarios, se recoge, en cuestión de minutos, todo el escenario teatral. El acordonamiento, los escenógrafos teatrales, los guardaespaldas, los asesores, los actores secundarios, los directores de escena y gabinete, los consejeros de imagen y por supuesto los protagonistas: Las plañideras. Se montan en sus coches oficiales y desaparecen con la misma rapidez con la que vinieron a repartir condolencias.

Queda un vacío que adormece la ira. Nadie cae en cuenta que, después de todo esto es cuando viene el verdadero horror. Cuando el calvario comienza a establecer sus posos y sus sedimentos. Cuando dentro de unos meses los abogados del Estado, de todos aquellos que vinieron a llorar en público la tragedia, se pongan manos a la obra para convertir a la víctima en verdugo. A mover los gabinetes más costosos con el dinero de los impuestos de los propios ciudadanos que murieron en la tragedia, para evitar asumir responsabilidades. Para evitar pagar las indemnizaciones, para enrevesarlo todo, para buscar los recovecos más absurdos que den la más mínima posibilidad para que aquellos muertos se vayan a la tumba como vinieron al mundo. Desnudos y mudos.

Ahí, en la sala de juicios, en los múltiples recursos llevados hasta la extenuación, hasta el último tribunal al que se pueda recurrir para ahogar a los familiares en gastos, ya no habrá llantos ni plañideras. Tan solo la sinuosa vileza que se esconde tras las togas de los abogados de Estado. De los mismos que tiempo atrás vinieron a estar en prime time para mostrar sus hipócritas lágrimas.

 

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