Los grandes cristianos se consideran hombres y mujeres de todo bien. Se fundamentan en que la vida no pertenece al individuo, sino que es un regalo de Dios. Un regalo envenenado en algunos casos, omiten decir. Por eso, porque Dios ha dado la vida solo él tiene la autoridad de decidir su final. Y fíjate que en situaciones como esta Dios no se manifiesta, ni para bien ni para mal, no dice ni pio. Quizá porque considera que desde el momento que nos da la vida nos ofrece la oportunidad de vivirla como queramos. Nos hace hombres libres y no esclavos para tomar las decisiones que consideremos oportunas. Pero hete aquí que los grandes cristianos, ante la mudez de Dios, han decidido convertirse en su portavoz. En el altavoz de sus pensamientos.

Ellos, los grandes cristianos, han tomado entre sus manos el estandarte de decidir por la vida de los demás. En nombre de Dios son capaces de obligar a una persona a seguir sufriendo, a seguir viviendo de manera indigna a pesar de que la propia afectada ha decidido terminar con la penitencia que solo ella soporta. Para los grandes cristianos no importa la idea de que toda persona tiene el derecho de tomar decisiones sobre su propio cuerpo y su propia vida, siempre que lo haga de manera libre, informada y consciente. Para ellos no importa la falta de respeto mientras lo que se impongan sean sus doctrinas. No importa menospreciar las palabras del que habla, del que padece. Es preferible no escucharle. Dar a entender que no sabe lo que dice. Que está equivocada, porque la posesión de la única verdad la tienen ellos, porque así lo ha dictaminado la Santa Iglesia.
Que la eutanasia tenga como fin evitar un sufrimiento innecesario y que pueda entenderse como una forma de aliviar el sufrimiento son palabras vacías. ¡Qué Dios no te dé todo aquello que seas capaz de soportar! Esa es la frase que importa para los grandes cristianos.
Poco les interesa la terrible vida de Noelia, cuya imagen de felicidad tan solo se sustenta en las fotografías de la infancia. Recuerdos que revive con su abuela como algo muy lejano y que ya nunca más sucederá. Pero que, en ese trance tan terrible, aún tiene fuerzas para darle ánimos y hacerla saber que dentro de poco se reunirán allá, en el cielo, como muestra de su creencia.
Poco importa, para los sabedores de la verdad de Dios que, desde aquella infancia perdida, la vida de Noelia haya sido un continuo padecimiento colmada de desdichas insoportables, como las violaciones que sufrió y que, entre otras muchas cosas, le llevaran a intentar suicidarse en 2022 para quedar parapléjica.
Poco importa que la eutanasia sea la única salida que ve Noelia. La única afirmación de la dignidad personal frente a condiciones incompatibles con una vida digna. Porque ellos, los grandes cristianos, harán todo lo posible para que nadie la escuche. O para que se la tome como alguien que no está en sus cabales. Y en toda esa batalla donde lo que prima es la falta de consideración de la afectada, surgen los grandes oportunistas del rédito político. Los indeseables que lo único que buscan es agitar el avispero en una situación tan dolorosa y excepcional, tan peliaguda, que solo compete a la propia víctima.
El señor del caballo por las playas de Cádiz, o el que se viste con atuendo de cazador de liebres en las tierras de Extremadura sale ahora a publicar en las redes sociales su emponzoñado mensaje donde lo que se demuestra es que lo que menos le importa es el sufrimiento de Noelia. De esa joven que ha solicitado la eutanasia porque ya no puede más.

Resulta que el señor de barba recortada al estilo Al- Ándalus publica que la culpa de que Noelia decida recibir la eutanasia es culpa del Estado, porque es el Estado quien propicia que unos menas la violen y después, para quitarse el problema del medio, decide suicidarla.
No se puede hacer un comentario más despreciable y ruin por miserablemente oportunista, donde lo que menos le importa es el sufrimiento y el escuchar la impactante consideración de Noelia ante la vida.
La clave no está en buscar unos votos más de todos esos grandes cristianos obsesionados con su verdad, la clave, aunque no se quiera ver, aunque se haga oídos sordos, está en escuchar a la joven, a la propia interesada. Una joven serena e inteligente. Con una mente despierta y lúcida, bastante más que la de cualquiera de nuestros ramplones políticos. Segura de lo que dice y de lo que quiere. Y eso es lo que asusta. Que una joven de veinticinco años tenga la entereza para explicarnos con total lucidez y a la cara, sin temor a las presiones, lo que quiere y lo que desea, que no es otra cosa que acabar con su propia vida, porque ha llegado un momento en que no desea seguir sufriendo más. Así de claro y así de sencillo. Nos guste o no.
Puede que, en nuestro fuero interno, como cualquier ser humano de bien, deseemos que Noelia cambie de opinión. Que finalmente sea capaz de ver un destello de luz para seguir viviendo. Pero no debemos olvidar que no somos quién para decidir sobre la vida de nadie. No somos quién para condenar a otra persona a vivir su propia vida de manera indigna y prolongar su sufrimiento. Nadie es quién para tomar esa decisión a excepción de Noelia. Ni tan siquiera esos abogados cristianos que se creen el altavoz de los designios de Dios.
Descansa Noelia, si esa es tu decisión.


