LEWITT Y EL ESCUDO INGENUO DE LA INFANCIA

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Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

Presenciar las fotografías de Helen Lewitt es como adentrarse en un flemático recorrido por un rio que discurre entre dos orillas: la de los escritores de la generación perdida por un lado y la incipiente generación beat al otro lado. Sus fotografías reflejan un realismo duro, casi descarnado, pero que rebosan la ignorante inocencia y la picardía de la infancia.

Será a través de la mirada perdida de los niños, y en algunos casos absorta, como la fotógrafa nacida y criada en Brooklyn nos adentre en las calles de los barrios obreros de inmigrantes italianos y afroamericanos. Nos muestra a niños que recogen adoquines levantados de las aceras mientras otros observan ensimismados a la espera de que algo les saque del letargo. Niños sin camiseta y ropajes sucios cuyos rostros reflejan el tedio instalado en las calles pobres de Nueva York. Un hastío que, incluso en mitad del juego, les hace conscientes de que nada ocurrirá en sus vidas. Nada sucederá para sacarles de la monotonía que impera en esas calles que heredaron el desasosiego tras la Gran Depresión.

Exposicion-Helen-Lewitt.-Fundacion-Mapfre-©-Film-Documents-LLC-courtesy-Zander-Galerie-Cologne.jpg
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Es como si el juego hubiera perdido la alegría de la inocencia. Juegan porque no hay otra cosa que hacer en las sucias y escombradas calles donde pierden el tiempo, mientras sus padres buscan la forma de traer dinero a casa.

Puede que coloquen cartones sobre su cabeza, que escalen por un canalón de recogida de aguas pluviales que se sustenta en una fachada ruinosa, e incluso que escondan su rostro bajo máscaras de histriónica alegría, pero en realidad no son más que pequeños instantes atrapados en una tela de araña tejida por hilos de desigualdad y exclusión social.

En sus fotografías se puede contemplar a niños de piel negra que permanecen sentados en las escaleras de la entrada a la vivienda, con las rodilleras de los pantalones agujereados, mientras juegan al escondite con desgana. Una dejadez revelada, quizá, por esa imposibilidad de esconderse de la pobreza que les acecha desde el mismo momento en que nacieron.

Son niños que suben al interior de la parte trasera de un camión de descarga de mercancías para jugar. Y en ese juego, uno puede apreciar el olor a pescado que se desprende del interior, e incluso a alcohol derramado trasladado ilegalmente. Se puede sentir el olor a podrido y el tacto pegajoso al pisar. Pero a ellos, a los niños, nada de eso les importa porque juegan ignorantes de su presente tanto como desconocedores de su futuro.

Sin vanidad ninguna miran al objetivo de la cámara con la insolencia que da la infancia, con el rostro manchado del polvo de unas obras cercanas. O como la de ese niño con un gabán y un gorro de varias tallas mayores a la suya, probablemente robados, que mira entre retador y magnetizado por la cámara que le enfoca junto al muro que tiene tras de sí donde puede verse un cartel propagandístico, casi arrancado a tiras en su totalidad, y en el cual tan solo puede leerse: «Vote for». Sin llegar a saberse quién es el político publicitado. Probablemente porque a ellos, a aquellos niños que ahora juegan en las calles, les va a dar igual quien gane. Quién sea el elegido.

Y así, en ese recorrido fotográfico, un gato negro se cuela junto a un grupo de adolescentes en edad de trabajar. Jóvenes que se muestran aburridos porque no hay nada que hacer, nada en que emplear su tiempo, más que estar apoyados sobre una papelera, como si en su interior fueran a encontrar un tesoro que los sacara, por un momento, de su lamentable espera, de su triste porvenir. Una ilusión truncada por ese infortunio que simboliza aquel gato negro.

Como en las novelas de Steinbeck (Las uvas de la ira) o de Wright (Hijo nativo), lo marginal se ha apoderado de sus vidas hasta hacerlo cotidiano. No hay un fin claro más que sobrevivir dentro de ese entorno que marca la infancia de un racismo sistémico. Las fotografías de Helen Lewitt reflejan la mirada de unos niños que observan el mundo tras una ventana carcomida y mal cerrada, que ríen mientras unas calles más allá, una anciana de piernas hinchadas espera bajo el sol, sentada en las escalinatas de su puerta, a que llegue la muerte. Sabedora de que todo esto se hace demasiado largo, a pesar del intento de felicidad ingenua de aquellos niños que juegan absortos. Niños que, a su vez, son observados por otra anciana de rostro arrugado como una pasa, sin dientes y con la boca hundida, que fuma y los mira sorprendida, quizá porque contempla su propio pasado.

Exposicion-Helen-Lewitt.-Fundacion-Mapfre-©-Film-Documents-LLC-courtesy-Zander-Galerie-Cologne.jpg
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Y en ese recorrido de calles suburbanas, de vagones y andenes que engullen el drama diario de una ilusión perdida, se nos aparece, de pronto, alguna que otra fotografía en el corazón de la Gran Avenida. Con la intención de acrecentar el contraste de la vida feliz y dichosa de un padre adinerado que pasea en traje junto a su hija con un vestido blanco recién estrenado. Hombres altivos, vestidos con trajes caros, corbata y bombín que cruzan las calles apresuradamente con un regalo bajo el brazo. Después de aparcar su coche y salir en dirección a la tienda más cercana. Hombres que, a pesar de la crisis, se sienten arropados por sus negocios y por esa multitud de mano de obra barata que pierde el tiempo sin nada que hacer en los barrios pobres. Mano de obra ansiosa de recibir encargos y trabajos temporales mal pagados.

Para Levitt, la infancia es la gran coraza. La resistencia a todo ese entorno de hambre y desigualdad social. Es como el instante congelado en una instantánea presente que hace añicos el desesperanzado futuro que la sociedad de los poderosos ha establecido para los desfavorecidos.

Comentan que allá por 1938 y por consejo del fotoperiodista Walker Evans, Levitt empezó a utilizar un visor de ángulo recto, un dispositivo que le permitía mirar en una dirección mientras apuntaba con la cámara a otra. Especialmente útil para capturar las interacciones espontáneas. Apretar el botón y atrapar un momento irrepetible de la vida. Con la misma rapidez con la que la infancia indestructible de esos niños fotografiados pasará fugaz y perecedera. Sin vuelta ni retorno.

 

Exposición Helen Lewitt. Fundación Mapfre

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