Es un fenómeno curioso y sobre todo respetable que cuando un servidor del mundo de las letras fallece los medios de comunicación se vuelcan en elogios a su trayectoria vital. Pero no todo en la vida de los escritores es del color rosado de la ética y fundamentado sobre la originalidad de la imaginación y la creatividad. Decía Baroja que lo más difícil de la literatura es la imaginación. Crear una historia de la nada y hacerla revivir gracias a la memoria trasfigurada, pero sobre todo captar los destellos fulgurantes de la inventiva. Personajes que surgen del sueño de la razón y que se pueden convertir en monstruos o en héroes sin habérselo propuesto. Puede que los grandes temas en la vida sean siempre los mismos, el amor, la lucha por la vida, la ética, la muerte, la memoria, la política, la libertad, etc…… pero la forma de contarlo y las situaciones en que estas suceden son enormemente dispares, tanto como la imaginación de cada escritor lo permita.
Según Ernesto Sábato «cada hombre es un lugar vivo de nuestra existencia que ocurre solo una vez, irremplazable para siempre». La literatura es una forma de quitarse la máscara. Los protagonistas de una novela, a medida que esta avanza, cobran vida propia, se rebelan contra el autor y dan pie a un mundo lleno de contradicciones donde el esquema inicial, como la escaleta de un programa televisivo, salta por los aires, porque la única bandera que mueve a un gran literato es la de la libertad y la invención. Sus personajes han decidido ser testigo de su tiempo, para bien o para mal.

El problema frente al proceso creativo de los escritores consagrados surge fomentado por la voracidad de las grandes casas editoriales sin olvidarse por supuesto del afán de enriquecimiento fácil al que tiene acceso ese reputado escritor. Literatos que lejos de ser escritores se convierten en empresarios de la literatura con la única pretensión de seguir estando en el foco televisivo y llenar de monedas los rincones de su caja fuerte. Frente a las peticiones editoriales o periodísticas, el pozo de la creatividad del autor se ha secado porque no se da tiempo a que llueva, se remueva la tierra, se plante y los frutos germinen. La literatura se convierte en hacer churros o lo que es peor en servirse de negros o de plagios de autores no reconocidos para que el escritor consagrado siga estando en el centro del plató y la máquina del marketing editorial no se detenga.
Uno de los casos más comentados en el mundo latinoamericano es el del recién fallecido escritor Alfredo Bryce Echenique, mundialmente conocido por su novela Un mundo para Julius. Además de tener una larga trayectoria marcada por premios como el Premio Nacional de Literatura (1972), el Premio Nacional de Narrativa de España (1998) o, cómo no, el Premio Planeta de Novela (2002).
A nadie que se preste de ser amante de la literatura le pasó desapercibido, allá por la década de los 2000, la detección de numerosos artículos firmados por el escritor peruano que reproducían literalmente textos de otros periodistas que, con anterioridad, habían sido publicados en distintos medios de comunicación. Columnas y artículos enteros con mínimas modificaciones. ¿Para qué molestarse en cambiar el escrito de alguien a quién nadie lee y cuya única razón de escribir es la pasión por el periodismo y la literatura? Pobre infeliz. Agradecido debería estar de que un escritor de la categoría de Bryce Echenique le arrebate con total impudicia su esfuerzo creativo.
Otro ejemplo con raíces en América Latina es el caso del escritor colombiano Fernando Vallejo. Acusado por varios críticos de incorporar ideas y fragmentos de otros autores en ensayos suyos sin establecer las claras referencias a sus creadores. E incluso el caso del escritor argentino Jorge Bucay, de quién en 2006 se descubrió que uno de los cuentos incluido en su libro Shimriti: de la ignorancia a la sabiduría, era prácticamente idéntico a un relato de la escritora española Mónica Cavallé.

Pero no hace falta irnos tan lejos, a las tierras del Machu Picchu o a las minas de esmeralda, ni tan siquiera cruzar el charco. Aquí, en nuestras tierras, de efluvios musicales celtas, poblada de meigas y huestes fantasmales como las narradas por el magnífico escritor Álvaro Cunqueiro o el irreductible Valle-Inclán, se nos aparece, vergonzosamente, el caso de Camilo José Cela y cómo no, la vinculación al Premio Planeta. Su novela, La cruz de San Andrés, ganadora del mencionado y suculento premio, fue denunciada por plagio. La escritora Carmen Formoso, una desconocida, licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación, diplomada en Bellas Artes, apasionada de las letras y el mundo de la literatura, tuvo la osadía de presentar su novela Carmen, Carmela, Carmiña, a la convocatoria del premio. Cuál fue su sorpresa al ver que, no solo no lo había ganado, sino que, supuestamente, había servido de plagio para la obra ganadora. El resultado fue la persecución mediática que la autora desconocida sufrió al haberse atrevido a denunciar a todo un Premio Nobel de Literatura. Un escritor, Don Camilo, el del premio, respaldado por el grupo editorial más fuerte del momento. Al final, el proceso penal se archivó, porque, según los independientes jueces que administran justicia en nuestro garantista país, aunque existían «coincidencias y similitudes» entre las obras e incluso se habló de un posible «aprovechamiento artístico» del material original, no existía plagio demostrable. La justicia indicó que, si la autora se sentía perjudicada, podría intentar una reclamación por la vía civil, con el consiguiente gasto que eso supondría, por lo que el caso penal quedó cerrado y todo visto para sentencia.
Probablemente, la denostada mirada de este artículo se la de reivindicar a esos autores menos conocidos cuyas voces han sido no ya solo eclipsadas por la fama de otros, sino también vilmente utilizadas, vilmente silenciadas por los gritos y los exabruptos de los acólitos del emperador de las letras del momento.
Al fin y al cabo, el mundo literario es tan perverso como el real. Lleno de corsarios que reman al grito de su capitán. O mejor aún, tal y como definió Ramón Gómez de la Serna la Greguería, el mundo literario es algo parecido a «el griterío de los cerditos cuando van detrás de su mamá».


