Recuerdo, allá por el año 2002, cómo caía en mis manos un libro de un desconocido autor portugués. Un libro recomendado por un amigo oriundo de tierras gallegas. Manual de Inquisidores, de Lobo Antunes. Lo devoré. En las tardes soleadas de un parque frente a la casa de mis padres. Me sumergí en todos y cada uno de los testimonios de los personajes que deambulan por sus páginas y que diseccionan, con un fino bisturí psiquiátrico, la hipócrita vida de Francisco, un ministro de la dictadura del Estado Novo de António de Oliveira Salazar. Una metáfora de un régimen descompuesto y opresivo que deformó toda la sociedad portuguesa.

Probablemente, su formación como psiquiatra, le diera esa capacidad para observar los hechos con la mirada de un Dostoievski portugués, pero aderezado siempre de la melancolía que llevan los fados en sus notas musicales. Su experiencia como médico militar en Angola, entre los años 71 y 73, le llevó a descubrir profundamente el impacto psicológico de la guerra. De un colonialismo absurdo y estéril como el que ahora pretende imponer Donald Trump al mundo. Lobo Antunes dibujó, con la precisión de un médico que explora la anatomía de un cerebro diseccionado en la mesa de un quirófano, el dolor de la violencia colonial, el aislamiento decadente y el silencio impuesto por un régimen que se auto carcome.
Por las páginas de sus libros deambula somnolienta la dictadura instaurada en Portugal en el año 1933 bajo el liderazgo de Salazar. Un régimen autoritario, el Estado Novo, caracterizado por la censura y la represión política, que ha llegado a su fin. Que se obstina en mantener los territorios africanos como Angola, Mozambique y Guinea Bissau bajo su bota, ocasionando costosas guerras y miles de muertos entre los jóvenes de la sociedad portuguesa.
Será con la Revolución de los Claveles, el 25 de abril de 1974, cuando Portugal inicie su camino hacia la democracia. Un momento este, que sirve al escritor lisboeta para sacar a la luz las contradicciones de la sociedad portuguesa. Las cicatrices y heridas cerradas en falso, secuelas de décadas de autoritarismo y guerra inútil.
Después vendrían obras como Memoria de elefante, donde un entusiasmo revolucionario que deambula como pollo sin cabeza convive con una triste desorientación y un desencanto social y político. Un monólogo cargado de dudas y de demonios que asoman a cada paso de página. Novela invertebrada que deambula por pasillos pintados por el miedo y dormitorios poblados por lobos que acechan el insomnio de perpetuas amenazas.

Quizá, uno de los aspectos más férreos de la narrativa de Lobo Antunes sea su estilo literario. Fragmentado. Desvelado por el impulso de la propia conciencia, de múltiples voces narrativas que llevan, sin remisión, hacia lo caótico, hacia lo traumático de una memoria que aún conserva en las retinas la guerra y la opresión política. Que enmudece por el silencio impuesto de la policía dictatorial del Estado Novo, de la PIDE. Un régimen que no quiere darse cuenta de que todo aquel castillo de barro se ha derrumbado. Se ha convertido en una ciénaga con personajes que viven entre la nostalgia de un pasado imperial y el empuje insostenible de una nueva realidad.
La obra de Lobo Antunes ha supuesto, a través de su experiencia personal, la reflexión crítica de uno de los periodos más convulsos de la historia de Portugal. Con todas y cada una de sus consecuencias humanas y psicológicas. Sus novelas son la mirada a un pasado agotado y a un presente desconcertante, tal y como es mismo escribió rescatando una frase de Scott Fitgerald: «en la noche más oscura del alma son siempre las tres de la mañana».
Un ritmo de fado suena por los rincones de las bibliotecas. Una profunda despedida por un amor no correspondido. Unas notas de melancolía por algo perdido e inalcanzable. Ahora, a los 83 años, el escritor lisboeta ha decidido dejarnos para siempre, llevado por ese ritmo que surgió en la Lisboa del siglo XIX. Tras una supuesta demencia nunca confirmada por su entorno más cercano. O, quizá, tras una clarividente visión de lo que acecha al mundo venidero. Al fin y al cabo, como él mismo dijo «he leído un texto de un crítico que decía que me seguirán leyendo con pasión dentro de 5.000 años. Creo que tiene razón, pero no me sirve para nada».


