LA LÍNEA ROJA O DE CUALQUIER COLOR

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Manjón Guinea

Licenciado en Ciencias de la Información, Criminólogo y escritor

FOTO AUTOR

Por María Marcos
Licenciada en Derecho y Librepensadora

A veces los fines de semana son realmente estresantes. Queremos aprovechar las 48 horas que nos da la vida laboral para ver gente, hacer recados, cumplir con obligaciones personales y familiares, pero, al final, no llegas, te agotas en el intento y saltan las chispas porque el puzle no encaja y lo mejor que te puede pasar es que llegue el lunes y comiences con la rutina donde cada uno tiene sus quehaceres y la agenda está ya establecida de lunes a viernes, de nueve de la mañana al infinito y más allá, a pesar de los obligados registros laborales.

LINEA ROJA Goksu Taymaz

También están los que se apuntan a todo durante la semana y cuando llega el día preciso, llámese viernes noche o sábado, un rato antes como si dijéramos, les asalta la pereza y las ganas de procrastinar dejándose balsear con cualquier excusa, con rotundas evidencias, como el frío en el invierno o el calor en el verano. Y es que, a ciertas edades, la edad mental influye mucho. Sobre todo, si supera la física o biológica. Nuestra mente manda al cuerpo mensajes con los que habrá que lidiar si quieres estar activo, conservar las relaciones personales y cumplir con aquellos planes a los que te apuntaste al inicio de la semana pensando que te apetecerían y llegado el momento desapareces con una débil excusa. Contagias al resto y dejas sólo al que tuvo la iniciativa y puso toda su ilusión para mantener las amistades más allá de vínculos sin implicación o apegos evitativos.

La voluntad de resistirse a la edad biológica y conservar la edad mental lo más fresca posible conlleva dejarse sorprender por la espontaneidad, por la improvisación, querer una vida más ligera y divertida, y no solo vivir de emociones intensas que te desgastan y te cargan. Dejar de vivir camuflado y volver a conectar con esa parte tuya, como dice Dani Martin, nuestra parte original, que se quedó atrás y que probablemente siga ahí, pero enterrada bajo muchas capas después de tantos como años.

Mi amiga Eva, mujer de 50 años, que lleva dos décadas viviendo para los demás, llena de responsabilidades, trabajo, hijos, en un encuentro ocasional con un desconocido durante un viaje de trabajo le sorprenden emociones que había dado por perdidas, despertándose el dilema interno entre seguir adormecida en el día a día o escucharse a sí misma y redescubrir lo que le gustaba, con todo el desconcierto que esto genera a su entorno, sobre todo a su marido y amigos que le piden paciencia y no tomar decisiones precipitadas.

La interpretación de Nora Navas me ha resultado brillante. Te mete en su dilema, casi sin palabras, con diálogos inacabados, llenos de frases entrecortadas y silencios reflejo de sus dudas y el miedo a admitirlos. La dificultad de seguir sus deseos mediante triquiñuelas y embrollos en los que se va metiendo para justificar su extraño comportamiento, te conectan con esa unión perfecta entre la actriz y el personaje, de miradas enternecedoras, de tiernas y frágiles sonrisas producto de la cautiva inseguridad por la que transita sin perder la esperanza de redescubrirse a sí misma, sin importarle las consecuencias.

Al final, cruzar las líneas rojas no solo es una metáfora entre lo legal y lo ilegal, como tan bien explora y explica la serie Marbella, que trata las actuaciones judiciales desde distintas perspectivas y la fragilidad de la ética profesional y personal. Al final hay muchos momentos en los que nos encontramos a un lado o al otro de una línea ficticia. Simplemente el lado oficial y esperado por todos, con actuaciones aceptadas socialmente y que parecería imposible cambiar, como la tesitura por la que pasa Eva, sin ni siquiera traspasar la línea de la infidelidad, y el otro lado, el extraoficial, donde crees poder vivir libremente, sin reprimirte, sin cumplir con el plan esperado y fantasear con vivir en una dimensión alejada del deber.

Eva nos cae en gracia porque tiene esa valentía de perder todo lo que tiene, que es mucho y además asume las consecuencias sin arrepentimientos. Probablemente cualquiera de nosotros, al minuto uno de encontrarse con la dura realidad que le espera y ver que sus sueños no acaban de llegar o quizás nunca llegarán, hubiera vuelto al calor y seguridad del nido familiar.

ICE

Pero si se trata de líneas rojas, ya sean las delgadas y finas como originariamente se decía de las guerras coloniales del siglo XIX donde las tropas británicas vestían casacas rojas formando una larga línea colorada que el enemigo no debía traspasar, se ha ido decolorando sin que muestre tan claramente donde están los límites, especialmente si de política y ética hablamos.

El año terminó prorrogando en el nuevo las continuas señales de extremada urgencia y peligrosidad. La confrontación de las grandes naciones, las guerras prolongadas sin resolución, choques continuos de intereses, amenazas nucleares a nivel global, constante violación de los derechos humanos sin consecuencias. Nos llega continuamente imágenes de líneas rojas más que traspasadas, en los informativos y telediarios. Campamentos de poblaciones enteras desplazadas, niños desnutridos, cuerpos mutilados, civiles muertos, hospitales destruidos, ciudades bombardeadas, pobreza extrema, desigualdad de clases, un sinfín de ejemplos a los que nunca debimos llegar.

Una América que olvidó su famoso sueño americano, orgullo de los que consiguieron llegar lejos por su esfuerzo, sin importar su procedencia u origen y convirtiéndose para muchos en la gran pesadilla americana, versión fría y alejada de cualquier cooperación, salvo por intereses propios e inmediatos.

Pues como así anda el mundo, totalmente errático y fuera de nuestro control, convendría cambiar el rojo por cualquier otro tono que nos ilumine en el desafío continuo de vivir y deambular, sin miedo a caer, como un funambulista por el filo de la vida, guiados por la inspiración y el deseo de mejorar, si no el mundo, que lo veo imposible, al menos sí los pocos metros a nuestro alcance que nos pillen a más a mano.

«Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo», dijo Eduardo Galeano.

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