Por María Marcos
Licenciada en Derecho y Librepensadora
Lejos del fuego protector de la diosa Vesta, hemos tenido que presenciar el triunfo abrasador y aterrador de otro mucho más poderoso y ruin. El fuego que simboliza el odio, el delito, quien sabe si la prevaricación, pero sobre todo la vileza. Ni el mismo fuego de Vulcano, que brotaba de la tierra para aplacar su enfado haría tanto daño como el que brota del propio hombre. El mal personificado que busca el dolor de sus congéneres, que busca destruir la naturaleza y el hábitat que nos rodea, y dejar la huella del perjuicio ocasionado a tanta gente inocente y escribir un nuevo capítulo negro para la historia de España y sus desastres.
Habrá que seguir adelante con la penuria de haber presenciado con impotencia un cielo ensangrentado y teñido del color de los infiernos, bajo el que se destruyen nuestros parajes, nuestros pueblos, y se vislumbra el horror de los rostros que ven perder en el peor de los casos la vida, y en el mejor sus propiedades, recuerdos, hogares, campos, toda su vida pasada y presente con pocos cimientos para reconstruir y comenzar la futura.
¿Quién se cree tan poderoso como un dios griego para lanzar este castigo? ¿Quién se cree con potestad para punzar este dolor? ¿Quién disfruta con este espectáculo? ¿Quién se cree tan magnánimo para autografiar esta tragedia de dimensiones incalculables? Una tragedia que se ha llevado la vida literal de ocho personas y la vida metafórica de miles de ciudadanos. Puede que no sea este el momento, pero ¿cuál será el castigo para el villano que ha hecho trizas los sueños de tanta gente?
Las llamas avanzan y arrasan todo a su paso. No las detiene nada ni nadie. No se detienen ante nada ni ante nadie. Atemorizan a su paso, aplastan con cada zancada cualquier ápice de vida, oscureciendo la tierra hasta dejarla estéril, abrasando el aire hasta hacerlo irrespirable, ahuyentan cualquier posibilidad de subsistencia, alejando cualquier posibilidad de aliento para un largo plazo de tiempo, dejando un pasado inexistente y un presente y futuro envuelto en cenizas y tierra muerta.
Un mes de agosto que pasará a nuestra memoria, con el recuerdo tortuoso de los grandes incendios que asolaron nuestro verde país. Me paro un momento para tener la conciencia de lo ocurrido y busco cual es la extensión de hectáreas, que dimensión abarca, para visualizarlo y conocer con más realismo la dimensión del desastre. Repiten continuamente la cifra de hectáreas en los telediarios, y busco la magnitud real de la que estamos hablando.
Dicen que son más de 400.000 hectáreas calcinadas. Lo que vendría a ser un país europeo completo como Luxemburgo. O una provincia española entera como Álava. O una de nuestras islas como la de Mallorca. O la superficie de Madrid capital, pero multiplicado por seis.
Esas manchas rojas, amarillas, que se extienden por gran parte del mapa de España, que marcan nuestra inquietud y atención y la expectativa e incredulidad de que esto esté pasando. No sé cómo podemos estar tan cerca y a la vez tan lejos de una desgracia así. Sientes la imposibilidad de ayudar. Cuesta entender lo que los reporteros van transmitiendo. No logras saber si los incendios se extienden porque no hay medios para extinguirlos o si se extienden porque siguen los pirómanos provocando nuevos. ¿Porque no se controlan, porque no le detienen? Si es por falta de medios técnicos y recursos humanos, si es por falta de colaboración y coordinación local y estatal, si se añade la falta de prevención y esbozados o simplemente no se puede luchar contra un fuego provocado y expandido con la ayuda de las condiciones climatológicas, el calor, los vientos, que lo propagan como una siembra de polvorín sobre una vegetación seca.
Es el momento de poner en duda muchas cosas. Empezando de nuevo por los políticos. Siempre por encima de los verdaderos sucesos. Siempre con el afán de protagonizar un dramático enfrentamiento para reprochar y hundir al adversario, que cualquier momento viene bien por muy impropio que nos parezca a los demás. En medio de las súplicas de un país entero, de gente desesperada que lucha con miedo para no perder sus pertenencias calcinadas y piden por una vez la unión de un país, de todas sus fuerzas, pero tal vez visto lo visto, nuevamente parezca más fácil confiar y entregarse a un chamán que a un político.
Y es que la lluvia sería un regalo en estas circunstancias. Todos invocamos ese milagro, algo tan sencillo en cualquiera de sus formas, la abundante, la fina y mentirosa que cala hasta los huesos, en forma de niebla, en cualquier formato capaz de apaciguar las llamas y proteger los campos. La naturaleza es sabia, eso dicen, pero en estos casos más bien parece una inconsiderada y desacertada en el control de sus propios medios para mandarnos agua y parar el viento, ese traicionero, que colma el vaso de la desesperación, alimentando el fuego y extendiendo las ascuas como semillas de rápida germinación.

Pero mientras el fuego avanza, los políticos siguen en su pelea de reproches y de nuevo pienso que, si de ellos dependemos, mejor sería invocar al chamán, que negocie con el otro mundo y nos conceda un milagro antes de esperar a que los políticos se pongan de acuerdo y actúan.
En estas situaciones donde cada minuto es vital, me pregunto si realmente es tan difícil llegar a un entendimiento. ¿Los afectados recordarán quienes ayudaron o simplemente no olvidaran a aquellos que no lo hicieron? ¿Los afectados manifiestan preferencias políticas o solo quieren que alguien les ayude en su desesperación? ¿Qué puede pedir o esperar alguien que se ve en esta situación? ¿Le importará mucho de donde venga la ayuda, con tal de que venga? Es mucho pedir que un país como el nuestro gestione situaciones que todos sabemos que son complicadas, pero también se pueden afrontar si todos ponemos nuestra mejor valía y recursos.
Hemos tenido que ver nuevamente como en alguno de los lugares afectados, la gente lucha sola en la tragedia. Obligados a tirar del carro hasta que llega la ayuda realmente capacitada. Nuevamente nos llega el tufo y el mal sabor de boca de la DANA. Nuevamente la falta de organización, de coordinación, de remar todos a una. La lucha de clanes políticos, grotesca y chusca como de bandas enemigas enfrentadas, luchando por sus colores y olvidando lo verdaderamente importante, el pueblo.
Como diría Groucho Marx, “la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos en todos lados, diagnosticarlos incorrectamente y aplicar remedios incorrectos”. Pues eso, ¿cómo valorarías a nuestros dirigentes en la gestión del mayor incendio sufrido en España de la historia? ¿Aprobado o suspenso? ¿Culpables o inocentes? ¿Se ha hecho todo lo humanamente posible? ¿Se podía haber hecho más? ¿Nadie se da cuenta que estamos hartos de esta especie de «guerra de los Rose»? Destructiva y emocional, de los egos y el poder, olvidándose del bien común, de los problemas de la gente, de la excelencia esperada en la gestión de una crisis, de la ayuda prioritaria y urgente, de las soluciones frente a las dificultades, sin importar quien tiene los galones, quien se llevará la medalla, de quien es el mérito y quien es el guapo de la foto. Quien esté dispuesto a dar el primer paso y ceder en esta lucha de vanidades, aunque pueda parecer sometido y derrotado, será el ganador.